Disculpe señor pero no puedo
aceptarle este billete. Daniel se desconcertó, estaba con la bolsa de
víveres en la caja del súper mercado y le había tocado el turno de
pagar. Tomó el billete de 100 soles que le había devuelto la señorita
que atendía en la tienda y dejó la bolsa a un lado. Tomó el billete que
le alcanzó la cajera, lo miró bien, lo revisó otra vez a trasluz, lo
movió en un ángulo para ver el cambio de color y no vió nada raro.
Insistió cortésmente y le dijo, señorita, pero si yo no le veo nada raro
a mi billete. Pero la señorita ni siquiera se tomó la molestia de
revisarlo de nuevo, simplemente le dijo, lo siento mucho, no puedo
aceptarle este billete. Entonces Daniel se retiró y no pudo llevar los
víveres que deseaba adquirir, se quedó con las ganas de ese paté con
champiñones que le habían recomendado. Salió hacia su auto y se encaminó
a su departamento, durante el recorrido se olvidó del incidente. Llegó,
subió por el ascensor y en el tiempo fijado estuvo en el piso 14, su
piso. Entró, estaba muy cansado y se sirvió un vaso de yogurt de durazno
helado. Se sentó en la sala y encendió su Televisor de 42 pulgadas.
Miró por la ventana y se sintió dueño de Lima, una vista impresionante
dominaba su propiedad porque felizmente, solo se veían lugares decentes y
no suburbios huachafos. Entonces pensó que sí se podía comprar trozos
de felicidad, y que siendo muy caros, felizmente podía pagarlos.
Seleccionó un canal de cable que susurraba música instrumental y
resopló. Puta madre, donde mierda me habrán dado ese billete falso. Eso
me pasa por no tener la costumbre de usar dinero de plástico. Se quedó
dormido un rato en su sillón reclinable que invitaba al descanso por su
mullidez y temperatura. Luego de dos horas se levantó, apagó su
televisor y se fue a su cama. Se echó con su ropa puesta. Era soltero,
tenía un gran trabajo, era Gerente de una compañía transnacional y su
sueldo le permitía un departamento de lujo frente a un club de golf.
Compartía su condominio con un gay famoso, con una diva de la televisión
peruana en decadencia o con una diva en decadencia de la televisión
peruana, con algunos políticos de lo peor (no hay de los otros), con
varios empresarios de alcurnia y otros silvestres nomás.
Al día
siguiente fue a desayunar al café de costumbre. Pidió un desayuno
continental y un periódico en inglés. Después pagó con un billete de 200
soles y el mozo regresó y le dijo, Don Daniel lo sentimos pero este
billete no pasa, es falso. ¿Qué? ¿Es falso? ¡No puede ser¡ ¿Lo han
revisado bien? Sí Don Daniel, es falso. Pero no se preocupe, usted es
nuestro cliente y nos puede firmar un vale y nos paga después. Más bien
con una tarjeta de crédito se solucionaría el problema rápidamente. Pero
Daniel le explicó, sabe, yo no uso tarjeta de crédito. El mozo no le
creyó. Salió rumbo a su trabajo, encaró el tráfico infernal y finalmente
llegó. La rutina de siempre. Su secretaria le entregó la agenda del
día. Él le había pedido a Laura que no luzca escotes porque los
espíritus demoníacos lascivos invadían su oficina y no lo dejaban
concentrarse. Toda la oficina se empapelaba de tetas y así no se podía
trabajar. Lo más importante era que tenía una reunión con unos
empresarios españoles que estaban interesados en comprar la compañía.
Media hora después el contador estaba exponiendo en la pizarra
electrónica la evolución financiera de la empresa. Y los resultados eran
bastante halagüeños. Los empresarios de shopping fingieron no estar
impresionados (para no elevar las pretensiones de los vendedores) pero
sonreían. Salieron a celebrar al restaurante de la playa que estaba en
un espigón y permitía un olor salado. Por la tarde pidió permiso para
irse a su casa a descansar porque se sentía con malestares musculares.
Bajó al estacionamiento, subió a su auto y antes de pisar el acelerador,
prendió la luz interior, sacó su billetera y revisó sus billetes, uno
por uno, los olió, los jaló, los acarició con las yemas de los dedos
para sentir la textura del dinero y se los pasó por las mejillas, para
concluir, es dinero. Guardó sus billetes y emprendió la huida hacia su
casa. En el camino se cruzó con un niño pobre de esos que esperan en los
semáforos y limpian los parabrisas de los autos que se detienen. El
niño con señas le avisó que iba a limpiarle el parabrisas de su auto, y
Daniel desesperadamente le dijo que no (su auto era un BMW y temía que
en vez de limpiarlo le raye el parabrisas), le avisó que se detenga y le
alcanzó una moneda de 5 soles como propina. El niño agradeció. Acabó la
luz de burdel e inició la senda. Pero, por una corazonada, avanzó unos
50 metros y se quedó mirando la escena por el espejo retrovisor.
Entonces, vió que el niño pasó de la alegría a la preocupación, revisó
con acuciosidad la moneda, llamó a otros niños de la calle, revisaron la
moneda y se comenzaron a burlar. Era falsa. El niño miró hacia adelante
y Daniel comenzó a acelerar. Por si acaso el niño mostró al conductor
la mano derecha con el dedo mayor en posición vertical y los demás dedos
cerrados y espetó el conchetumadre de rigor.
Daniel pensó, por la
puta madre, y se preguntó, y ¿todo lo que he reunido de dinero en estos
últimos años? y ¿qué de mis esfuerzos, de mis privaciones, de mis
calificaciones, de mis ascensos, de mis triunfos? Todo mi dinero lo
guardo en mi casa. Y ¿si alguien lo descubrió y poco a poco lo está
cambiando por dinero falso?
Debí no creer en nada y creer en los bancos.
Yo soy un hombre de este siglo y nunca me decidí a usar dinero plástico. Puta, en que lío me he metido.
La vida me ha estafado.
¿Quién me está desterrando, quién me condena a esta diáspora?
Debía tomar una decisión.
O el dinero o la familia, o la plata o los amigos, o el vil metal o los mejores recuerdos, o el sucio dinero o sus valores.
Y
entonces se deslumbró, mandó todo a la mierda, fue a su departamento,
no se despidió de nadie, cargó con todo el dinero que pudo en su auto e
inició el éxodo a otra tierra para sacar adelante esa vocación escondida
y que siempre tuvo, la de ser profeta.
VIDEOS KARAOKE PARA QUE LOS AFICIONADOS DEL MUNDO DE ESTE BELLO ARTE PRACTIQUEN HASTA LA MAESTRÍA Y COMO EJEMPLOS, CANCIONES CANTADAS POR EL BLOGGER.
jueves, 27 de junio de 2013
lunes, 24 de junio de 2013
CUENTO CORTO: "SAVIA DECISIÓN" DEL BLOGGER ALFREDO GUERRON
Enrique se
había percatado de un cambio. La oscuridad lo amodorraba, le robaba
vitalidad, parecía robarle aire, intoxicarlo. Desde entonces evadió la
oscuridad y los tonos grises de las estancias donde se desenvolvía su
vida cotidiana. Buscó vivir la vida exclusivamente a colores. Él no supo
a que atribuirlo. Como era propietario celoso de algunas fobias, trató
de no hacerle caso a este deseo de escapar de las grisuras para no
incorporarlo a su colección de temores infundados. En cambio la luz
solar le inyectaba entusiasmo, nuevas fuerzas, ganas de cantar, de
moverse, de ser feliz. Había leído que el ritmo circadiano influía en el
comportamiento de las personas, que los ciclos de luz y oscuridad
determinaban actitudes; y eso lo tranquilizó. Pero ¿ porque esos
síntomas se fueron arraigando y acrecentando ? No tenía una respuesta.
Entretanto la fotofilia se transformó en avidez y luego voracidad por
los rayos solares.
También
notó que empezaba a desear los espacios abiertos, se sentía libre y
tenía la imperiosa necesidad de pararse e inclinarse de manera recta
como un poste inclinado y sentir el bramido del viento en la cara.
Empezó a gustarle hacer las inclinaciones para lados diferentes, elevar
los brazos e inmovilizarlos y en ocasiones buscaba la inmovilidad total.
Eso lo relajaba. En los parques y jardines su familia y amigos lo veían
como un nuevo adepto al tai chi. De salud estaba bien.
Había
leído que el agua era una maravilla y decidió desde ese momento de
lucidez tomar una docena de vasos con agua al día. El agua también lo
revitalizaba y sentía que le servía para otras cosas que su cuerpo
sabiamente realizaba. La luz, el agua, las poses estáticas. En el barrio
comentaban, otro loco más.
De
pronto, un día cualquiera, comenzó a sentir que algunas de sus
articulaciones se endurecían sin dolor. Consultó con el médico de la
familia y le explicó que era algo así como anquílosis ósea y articular
debido a sus 49 años. Él se dió ánimo y se dijo para sí mismo,
felizmente que me dedico a lo natural, la luz solar,tomo abundante agua,
hago ejercicios y no tengo hábitos nocivos como tabaquismo y alcohol.
Porque sino peor me fuera con esta enfermedad reumática.
Continuó
con su rutina, el trabajo, la familia. Se declaró un predicador de la
vida sana y decidió dedicar parte de sus fuerzas a convencer a los
profanos de las ventajas de los elementos naturales. De los elementos
que faltaban estaba el fuego y se dió cuenta que el fuego no le atraía y
cayó en la cuenta que empezando con un respeto a las llamas estaba
terminando con otra fobia por el fuego que no quería comprarse para
siempre. Pero el barro, extrañamente empezaba a adquirir una importancia
desde aquel día en que llovió y un aroma lo envolvió sensualmente.
Investigó el origen del extraño olor y caminando por el jardín tomó un
poco de barro entre las manos, lo olfateó y quedó hipnotizado. Este era
el olor que estaba buscando hace tiempo y quiso saborearlo. Lo hizo, le
gustó y pensó que eso no era cuerdo y otra vez tuvo miedo. Consultó
nuevamente con su médico y le dijo que tal vez tenía anemia, porque en
medicina cuando un paciente tiene anemia presenta avidez por los
minerales primarios. Por lo que el facultativo le prescribió análisis
sanguíneos y para su sorpresa y el desconcierto del galeno, los análisis
salieron normales, no tenía anemia.
Y
un día en la piel sintió una paquidermia incipiente que se fue
apoderando de él. Su médico temió que tuviera dermatomiositis. Otra vez
nunca llegó a certificar ese diagnóstico. Se hizo una herida y de la
lesión brotó un exudado blanco que olía a resina.
Enrique
comenzó a sentir que su movilidad se iba limitando, que su familia
sufría. Incluso perdió el trabajo. Y una tarde tomó una decisión que la
sentía crucial, necesarísima, la de ir al parque cercano a su domicilio.
Penosamente salió de casa, mientras pasaba por los jardines de su
barrio el corazón se le aceleraba. A duras penas pudo llegar hasta el
mencionado parque. Se detuvo, alzó los brazos. Sintió que el sol
ingresaba a sus entrañas y su piel rápidamente adoptaba el
acartonamiento y la tersura de la rusticidad. Sus pies se hundieron como
en arenas movedizas. Sintió que su sangre adoptaba un tono rosado y
luego blanquecino y finalmente, como un veneno largamente deseado, la
savia se apoderó de él y le explicó su metamorfosis, su nueva vida.
Su
familia lo buscó y nunca encontraron ningún rastro ni de esperanza.
Literalmente se lo había tragado la tierra. A pesar de que sus
familiares pasaron muchos días y años muy cerca a él. Vió crecer a sus
hijos. Cargó con alguno de ellos sin que se dieran cuenta y también con
algunos nidos. En aquel parque un sauce crece ahora con más pena que
gloria.
alfredo guerrón. 2008.
CUENTO CORTO: "PARA LUSTRARTE MEJOR" DEL BLOGGER ALFREDO GUERRON
Siempre me
gustaba salir a trabajar con la camisita limpia, era la del colegio.
Pero esta vez se estaba acabando el jabón, mamá había decidido que
primero era asearse y mejor era lavarme la cara. Mis clientes sí iban a
disculparme la camisa un tanto sucia pero creo que no, la cara. Mamita
me despertó para desayunar, estábamos de vacaciones y se acercaba
Navidad. Les digo de paso que para mí, mi mamá es exactamente el amor de
Dios, ni más ni menos. De mi papá nunca les voy a hablar porque cuando
lo recuerdo me pongo muy triste y se me hace un nudo en la garganta,
sólo tengo los peores recuerdos de él y más vale olvidarlo para siempre.
Cuando
nos reencontramos con mi mamá en la noche ella me hace cariños, me pasa
sus manitas por mis mejillas y me dice que me quiere y eso es lo que
más me alegra el corazón y hace que recuerde que quiero convertirme en
el mejor lustrador de zapatos del mundo para comprarle una casita a ella
que se lo merece.
Antes
de salir me alcanzó un tecito que sabía a todo el amor del mundo y un
pancito de ayer. Luego ella dejó a mis hermanos menores en el "huahua" y
se fue a lavar ropa . Yo soy el hijo mayor, ya voy a cumplir 8 años.
Mamá me dijo, anda hijito a ver si conseguimos algo de platita. Y salí
con mi cajita de lustrar zapatos, que a esa hora no me pesaba nada. Me
subí a un ómnibus y le rogué al
cobrador que me aceptara la única riqueza de que disponía en ese
instante, 20 céntimos. Dios le tocó el corazón y así pude llegar a mi
destino, el centro de Lima.
Me
bajé en la avenida Abancay y le ofrecí a Diosito mi trabajo del día,
como me había enseñado mi mamá. Me acerqué a una pared y revisé mis
materiales, la caja de lustrar estaba buena, los betunes ya estaban por
acabarse, el trapo estaba bueno, el tinte estaba a medio terminar, pero
lo que sí me entristecía era la escobilla que estaba raída y parecía muy
viejita. Pensé que no debía perder tiempo y trabajar lo más pronto
posible porque en los siguientes días tendría que hacer gastos extras
para reemplazar mi material y a lo mejor no quedaba nada para ayudar a
mi mamita.
Fui
a la salida de un banco y un caballero aceptó mi pedido de embellecer
sus zapatos. A mí me gustaba lustrar, transformar unos zapatos sucios en
el orgullo de cada quien. El cambio era espectacular. Los señores se
acercaban a mí un tanto
avergonzados por sus zapatos sucios y luego los veía alejarse felices y
yo, modestamente, había contribuido con mi granito de betún a esa
alegría. Empecé con el caballero, el primero de la jornada, lustrando,
primero para sacar la tierra y veía a mi escobilla gastadita y me daba
pena y pensaba que fuera que alguien me regalara una nueva. Luego
embadurnaba con betún primero un zapato y luego el otro y finalmente
sacaba brillo nuevamente con la escobilla que cada vez me entristecía
más. Para el final reservaba la maniobra que me habían enseñado los
capos, que decían que el secreto de una buena lustrada era finalmente
hacerles cosquillas a los zapatos con el trapo de franela y que se
rieran dejando escuchar el "chuic,chuic,chuic". El señor me dió un sol
en vez de 50 céntimos y miré hacia el cielo y agradecí a mi diosito de
siempre. La mañana pintaba bien. Seguí caminando por el jirón Carabaya y
el olor a comida me distraía y me decía ojalá que consiga algo más para
la comidita de mi madre porque la veo cada vez más flaquita y tengo
miedo de que le pase algo. La gente entraba y salía de las tiendas,
compraban lindos regalos, se acercaba Navidad.
De
pronto una dama, con dos casi jóvenes, me pidió el servicio. Que suerte
que habían salido con zapatos. Han de saber que la abundancia de
zapatillas está a punto de arruinar mi sueño de convertirme en el mejor
lustrador de zapatos del mundo y ha hecho que mi horario se haya
extendido. Ahora, trabajo de 9 de la mañana hasta las 6 de la tarde. El
que inventó las zapatillas seguro que odiaba a los niños como yo porque
nos arrebató poco a poco nuestro trabajo. Decía que les lustré a los
dos, casi jóvenes y escuché que le preguntaban a su mamá porque un niño
tan menor tiene que trabajar. Pues porque soy responsable, en vez de
estar jugando y perdiendo el tiempo, yo ayudo a mi mamita y a mis
hermanitos. Que cosa ? No faltaba más. Las medias de los jóvenes eran
muy bonitas y me cuidé de no ensuciarlas. Me pagaron y luego me
invitaron un jugo de frutas y yo pensaba, quisiera llevármelo a casa
para compartir un poquito aunque sea con mi mamá y con mis hermanitos.
Pero al final me lo tomé, ya no gastaría en mi almuerzo.
Entré
a la Plaza de Armas, mi caja de lustrar ya me pesaba más y me dolía un
poquito la espalda y me daba ánimo diciendo para mí, Raulito ya
comienzas con tus engreimientos. La Plaza lucía el arbolito y un
nacimiento. Y pude lustrar varias veces ( había sido un día muy
provechoso ) y cada vez que lustraba, trataba de disimular la vejez de
mi escobilla porque sino me daban ganas de llorar. Caminé por el jirón
De la Unión y ví los helados, hacía calor, con un sol que me abrasaba y
me abrazaba, quería un helado, pero no quise ser egoista, y pasé de
largo.
Casi
al final del día le ofrecí mi trabajo a otro señor, aceptó y decidí
hacer mi obra maestra del día. Me concentré y agradecí a Dios por mi
última lustrada del día y por mi linda familia; y lustré como se debe,
como me había enseñado mi primo. Al final los zapatos del señor no
parecían, eran nuevos, ese milagro lo hacía yo muchas veces. El señor me
pagó 2 soles.
Doblé
por la avenida Emancipación y entonces le pedí un regalo de Navidad al
niño Dios, una escobillita nueva, lo único que te pido diosito. Ya eran
las 6 de la tarde y me regresaba a casa, y de pronto ocurrió el milagro,
el verdadero. Pasaba cerca de unas bancas del ornato de la avenida y
descubrí a un trabajador de la municipalidad que con un rodillo estaba
pintando las bancas con pintura marrón y saqué mi escobilla y le pedí
que me la pintara. Aceptó mi pedido, tomó mi escobillita y poco a poco y
con gran cuidado empezó a pintarla hasta que terminó. Y de pronto, mi
escobilla se convirtió en nueva . Tendrían que haberla visto. Les juro
que fui muy feliz. Le agradecí y me quedé esperando a que secara la
pintura y profundamente agradecido me pregunté...¿ cómo no iba a creer
en el niño Dios ?
(alfredo guerrón).
CUENTO CORTO: "TAXISTA A PLAZOS" DEL BLOGGER ALFREDO GUERRON
Yo soy taxista desde hace 10 años. La empresa donde trabajaba quebró y felizmente con mi despedida me dieron una indemnización que me sirvió para comprarme un auto y trabajarlo como taxista. A los 3 años unos tipos, que no parecían malhechores, me pusieron una navaja en el cuello y me quitaron toda mi fortuna. Nunca recuperé mi herramienta para enfrentar a la vida con más ilusión. Desde entonces cada vez que puedo, consigo a alguien que me dé en alquiler un auto para trabajar diariamente.
Hoy es domingo y quiero trabajar para encontrarme a mí mismo. Ya no tengo a nadie, mis hijos han viajado al exterior y mi esposa me ha abandonado. Me han dado en alquiler un automóvil Toyota sedán (a propósito se han dado cuenta que en los suicidios, el detective siempre debe buscar el auto-móvil. Esa anécdota es buena, se me ocurrió sólo porque soy taxista) y salí a recorrer la ciudad de Lima para conseguir algunos clientes. Les diré que las Plazas, más que las calles, siempre me han fascinado, por su belleza, por su forma, por su obligación de aduana del tráfico. Pasé por la Plaza del distrito de San Luis, que une a las avenidas Aviación, Arriola y San Juan. Esta es una Plaza ovoide, bastante descuidada y con unos monumentos poco famosos. Circundé la plaza y fui a llenar el tanque de gasolina de mi carro en un grifo del contorno. Mientras llenaba el tanque, pensaba en cómo se puede conocer una Plaza bastante bien. Y me respondía, poniendo tu humanidad en ella, llorando en la plaza algún amor extraviado, descansando en un día de sol, leyendo el periódico una mañana de domingo, quedarse en la Plaza viendo pasar a los autos, y sobre todo, certificando que el mundo da muchas vueltas. Pagué por el combustible y salí en primera, avancé una cuadra y volteé en U para regresar a la Plaza. Por alguna razón imánica ingresé a la Plaza e inicié un recorrido que transformaría mi manera de ver al mundo. Me coloqué muy cerca al borde de la acera de la Plaza y empecé a dar vueltas. Estaba concentrado en el trayecto y de vez en cuando veía a los conductores que pasaban cerca a mí. Seguí con la segunda, tercera y cuarta vueltas. Nadie se dio cuenta de lo raro de mi camino. Ví las bancas en varios ángulos, a una pareja besándose en todos los perfiles, al monumento que me miraba fijamente, luego con el rabillo de sus ojos y finalmente el monumento me perdía al darle la espalda para a continuación volver a verme. Los edificios de los contornos tenían otros detalles que no había observado en las primeras vueltas, era increíble, parecía que los dueños se apresuraban en cambiarlos en cada redondel que dibujaba. Yo seguía dando vueltas y aparecían nuevos personajes, un heladero que se estacionaba, que vendía su algidez y que luego iniciaba el éxodo para una vida mejor. Unos jóvenes esperaban un ómnibus de servicio público para que los llevara a una reunión agradable que se adivinaba en la expectativa de sus ojos. Yo los veía que se acercaban y luego se alejaban y al volver a verlos estaban en diferentes órdenes y me preguntaba si eran los mismos o no. Es que el orden importa, yo tenía un orden tenía un recorrido fijo, yo sabía cómo empecé este negocio pero no sabía cómo iba a terminarlo, en todo caso no lo premedité, que conste. Yo seguía dando vueltas y poco a poco me convencía que eso era lo que quería y nadie tenía que criticarme por ello. Cuando pasaba por el mismo lugar se me ocurría que no había pasado el tiempo y que no había envejecido. Y eso me seducía tremendamente. Continué mi recorrido y recordé las tantas veces que cumplí ciclos en mi vida, me divorcié dos veces, perdí mi trabajo en tres oportunidades, los ciclos de todos los días que viví, las veces que me perdonaron antes de volver a agredir a mis seres mal queridos, los libros que leí en repetidas oportunidades. Seguí dando vueltas y sonreí. Me pregunté, porque no me voy, porque no salgo del ruedo. Ya no podía irme, esa era la pesadilla (¿o la felicidad?) que tantas veces me acosó hasta acorralarme y que hoy tenía la brillante oportunidad de cumplirse. Hay destinos que son circulares y más exactamente, ovoides. Seguí dando vueltas y algunas personas se dieron cuenta de ese proceder que les resultaba absurdo, les resultaba incómodo, les recordaba cuán cuerdos eran y eso es subversivo. Empezaron a avisar a otras personas que había un auto con un camino raro con un chofer inescrutable, pero que lo más probable es que estuviera loco. Algunos aplaudían cada vuelta que terminaba o que empezaba. Empezaron a aglomerarse, de pronto fui famoso, me había convertido en un reality. Pero ellos se desilusionaban, cuando se percataban que lo mío, iba en serio. Y cambiaron el tono de la alarma, cuando lanzaron el alerta de peligro y avisaron a la policía. Saben, yo no le estaba haciendo daño a nadie, yo me cuidaba de no estorbar al tráfico. Por último, no está prohibido dar vueltas a una Plaza. Pero me quisieron detener. Entonces ví a un camión que ingresaba a la Plaza, aceleré lo más que pude en la primera vuelta, me había transformado en la imaginación de esos trasnochados denunciantes, frenaba en las curvas, mientras no perdía de vista al camión, e inicié la última acelerada para impactarlo justo en la curva. Me enclavé debajo de su chasis, pero el golpe me despistó y con mi auto dí varias vueltas de campana. Vueltas, vueltas y más vueltas.
CUENTO CORTO: "RICARDO CUORE" DEL BLOGGER ALFREDO GUERRON
Supuestamente
tengo una vida regalada porque me han obligado. No necesito trabajar
para procurarme el sustento. Me paso la vida caminando, observando,
descansando, tomando el sol y sospecho que me miran y me han tomado en
serio. He crecido amamantado por mi madre, ella me adiestró en muchas
artes que nunca pude poner en práctica. Sé que mi padre fue un tipo
hosco, violento y se creía el rey del mundo. El tuvo muchas hembras a su
disposición, mi madre apenas fue una receptora de sus genes y de que
gozó, gozó porque mi padre fue un súper macho. Y yo soy apenas el hijo
de Ricardo.
Mi padre, Ricardo, fue admirado, entre otras cosas por su tremenda fortaleza, pero de que le sirvió si nunca fue libre y ni siquiera se sintió libre alguna vez. En su descargo diremos que tuvo grandes ataduras.
Ahora que veo el alba cada día y bostezo; pienso que esto aburrió a mi padre hasta la desesperación. El paisaje cercano presenta cambios mínimos como siempre y eso no excita a nadie. Su tragedia es que por todo ello tuvo la razón y por eso precisamente la perdió.
Para sobrevivir mi padre debió imaginar un mundo diferente lo suficiente para que se le empezara a entreverar con la realidad; lo suficiente para que las visiones salvadoras lo obnubilen y lo obliguen a ser feliz. Pero papá no tenía alma de artista. La locura no estaba en sus planes.
Caminar sin rumbo en un espacio cerrado es perder la ilusión a cuentagotas, es alimentar la desesperanza y aunque dicen que es bueno para el corazón, a mi padre, eso entre otras cosas, le destrozó el corazón. La comida fácil, el sueño de muchos no es ninguna ventaja cuando lo es para siempre. A papá lo derribó arteramente, le violentó su tremendo orgullo. Que fácil le resultaba comer. Y luego esperar impacientemente el paso de las horas, doblar la cerviz y esperar a que el mundo se muera una y otra vez. Mi padre se olvidó de soñar o tal vez nunca aprendió.
Porque soñando hubiera salido de esta puta jaula aunque sea por unos instantes porque han de saber para su desilusión que los barrotes de mierda de un zoológico no bastan para detener al rey de la selva.
Mi padre, Ricardo, fue admirado, entre otras cosas por su tremenda fortaleza, pero de que le sirvió si nunca fue libre y ni siquiera se sintió libre alguna vez. En su descargo diremos que tuvo grandes ataduras.
Ahora que veo el alba cada día y bostezo; pienso que esto aburrió a mi padre hasta la desesperación. El paisaje cercano presenta cambios mínimos como siempre y eso no excita a nadie. Su tragedia es que por todo ello tuvo la razón y por eso precisamente la perdió.
Para sobrevivir mi padre debió imaginar un mundo diferente lo suficiente para que se le empezara a entreverar con la realidad; lo suficiente para que las visiones salvadoras lo obnubilen y lo obliguen a ser feliz. Pero papá no tenía alma de artista. La locura no estaba en sus planes.
Caminar sin rumbo en un espacio cerrado es perder la ilusión a cuentagotas, es alimentar la desesperanza y aunque dicen que es bueno para el corazón, a mi padre, eso entre otras cosas, le destrozó el corazón. La comida fácil, el sueño de muchos no es ninguna ventaja cuando lo es para siempre. A papá lo derribó arteramente, le violentó su tremendo orgullo. Que fácil le resultaba comer. Y luego esperar impacientemente el paso de las horas, doblar la cerviz y esperar a que el mundo se muera una y otra vez. Mi padre se olvidó de soñar o tal vez nunca aprendió.
Porque soñando hubiera salido de esta puta jaula aunque sea por unos instantes porque han de saber para su desilusión que los barrotes de mierda de un zoológico no bastan para detener al rey de la selva.
CUENTO CORTO:"¿COMO PILATOS ? DEL BLOGGER ALFREDO GUERRON.
Estaban allí convocados
alrededor del penúltimo lecho, cada uno con su ansiedad proporcional al
grado de hijo que sentían y tenían especial curiosidad por escuchar las
últimas palabras de su querido padre.
Decir que estaban unidos era una exageración. Pero irónicamente estaban re-unidos y se notaba en sus respiraciones las inmensas diferencias que siempre los habían caracterizado y que con el correr de los almanaques se hicieron más evidentes.
Eran 8, y ahora sabían que eran 4 medio hermanos de los otros y éstos decían, a su vez, lo mismo. Solamente eran hermanos perfectamente simétricos : 4 y 4. Su padre habíase casado con una primera esposa y luego de enviudar decidió reincidir con una fortuna igual en todo : una esposa y 4 hijos. Estaban allí y no estaban. Los minutos pasaban y veían a papá que hacía esfuerzos cada vez mayores para capturar el aire que ellos sabían le estaban robando y de repente lo veían abrir los ojos y parecía contarlos, recordarlos, vigilarlos. Sentían el innegable orgullo de ser un número que finalmente integraría el 8, la tranquilidad penúltima de papá. Estaban seguros de que se alegraba por la presencia de todos y se disponía a reafirmar su autoridad, aún despidiéndose. Las salidas honrosas eran su especialidad y ellos la esperaban, claro que sí.
La ocasión podía calificarse de ténebre ( sí, se necesitaba una nueva palabra para describirla ). Era el fin, el olvido, la liberación, la regurgitación de los recuerdos, la oportunidad de desensuciar la memoria.
Crecieron con el hábito, implacablemente, impuesto de lavarse las manos. Para limpiarse primero, para librarse de los gérmenes ( ¿librarse? después aprenderían que se habían pasado la vida seleccionando a los gérmenes más fuertes ), para convertir el aseo personal en la obligación moral de cada día. Luego, el lavarse, constituyó una forma sublime de purificarse; significó acceder ,cada vez mejor , a la metamorfosis diaria, y perseguir inútilmente la albura. Todos los hijos aprendieron a conocer perfectamente sus manos antes que sus almas y a restregarse, lograr la eclosión del jabón y el manar de sus efluvios, producir la espuma, sentir que el agua se apoderaba de ellos y agradecer el milagro de lo cotidiano de separar lo artificial de lo natural y nuevamente la fusión, la confusión, como al principio de los tiempos.
Nadie se atrevió a contradecirlo y por eso cada vez resultaron los mejores cómplices para recrear la apabullante parafernalia de lavarse una y otra vez sin ninguna esperanza. Ahora podían preguntarse si lo que hicieron y lo que no hicieron estuvo bien.
Su padre sentía un especial placer al observar el espectáculo casero frecuente de sus hijos despojándose de la sordidez del mundo mediante, los que consideraba, los dos mejores aliados : el agua y el jabón.
Y ellos no recordaban en que momento empezaron a odiar los adminículos de higiene, las toallas nunca secas, el jabón reblandecido, y la sensación de estar permanentemente vigilados ante cualquier mácula que ultrajara sus manos para, a continuación, recibir la orden obsesiva de lavarse. Después se demostrarían para su mínimo equilibrio que no era necesario lavarse una y otra vez y que si las enfermedades tenían que llegar, pues llegarían.
Entre las muchas cosas que aprendieron, decidieron no involucrarse en las situaciones que demandaran decisiones difíciles ; decidieron también no adoptar responsabilidades y dejar pasar las cosas. Pero este comportamiento no fue absoluto. Eran grandes muchachos y abnegadas madres pero conservaban el estigma original, cual pecado adánico. Hasta podría decirse que eran buenos. ¿ Quién no ha tenido una marca original, casi bovina, infligida por sus padres ?
En sus trabajos y en sus casas, recordaban a su padre cuando realizaban el ritual de la purificación, y si alguna vez incubaron una actitud subversiva para contradecirlo, tuvieron que tragarse sus palabras cuando la epidemia del cólera le dió, a su padre, la razón entera y agobiante. Ese día exclamó triunfante :" Yo les dije muchas veces, lavarse es salud. Recuerden siempre lo que produce la cochinada". En adelante debieron lavarse hasta desollarse, hasta sentir la mudanza de la piel casi horaria, hasta que la epidermis fugara y sintieran un ardor especial, una nueva forma de sensualidad para relacionarse con el mundo. Por eso se decía en el barrio, en el trabajo, en las reuniones, que los Fuentes parecían siempre Nuevos. Nadie conocía la terrible verdad de repetir este ritual una y otra vez so pena de contrariar al armónico mundo de equilibrio de su casa cuyo centro de gravedad se había desplazado hacia su padre y permanecía en él.
Que interesante : Nuevos, con pocas responsabilidades, buenas personas, ilustrados e inteligentes. ¡ Qué bonita familia ¡
Se dieron cuenta que el cordón umbilical crecía inversamente proporcionalmente a la distancia que los acercaba a su padre. Y dieron con una solución : alejarse, frecuentarlo poco. Pero pronto sus parejas y sus hijos advirtieron que estaban reproduciendo maníacamente en sus hogares aquello de lo que tanto se quejaron. Recién se dieron cuenta que no podían escapar, estaban atrapados en la telaraña de la Higiene Mayor.
Recibieron de su padre, el mayor de los afectos y así lo trasmitieron a sus hijos. Fueron buenos padres. Pero invariablemente y sin darse cuenta, recordaban sus propias manos, el estigma, las veces en que se liberaron embarrándose de la podredumbre del mundo, el jugar en el fango, los carnavales. Y en el sexo la exploración cotidiana total, el sonrojo por todas las cosas que habían hecho y el remordimiento por la probable censura paterna sobre determinado acto no higiénico. Aprendieron que el fango tiene su atractivo, te ofrece una coraza para mimetizarte, te integra al grupo y precisamente a ellos les daba la razón : no enferma, no mata y no ensucia. Apenas embarra.
Y ¡Qué final ¡ ¿ Quién tenía la razón ?
Tanto haberse lavado para evitar que algo extraño ingresara a su cuerpo ( un riesgo mínimo ) para terminar compartiendo un extraño aparato de diálisis ( un riesgo muy elevado ) en el que los residuos de sangre de una y otra persona se mezclen, es decir cada vez recibir microtransfusiones de sangre.
¡ Qué irónica es la vida ¡ reflexionó una de sus hijas. Ahora para vivir, papá deberá ensuciarse internamente, una y otra vez, y no podrá lavarse. Qué increíble.
Estaban todos juntos como muy pocas veces, tal vez no volverían a reunirse y constituían esa mañana un himno familiar. Esperaban la despedida, la orden, el reproche...Eso era papá.
Y de pronto ocurrió lo poco que faltaba para que lo quisieran para siempre, la coherencia, el vivir lo que se predica, la priorización de las cosas aún en el postrer adiós. Su padre tomó aliento y pronunció, nunca más gravemente, lo que ellos hubieran querido escuchar : "No se olviden de... lavarse las manos" y expiró.
alfredo guerrón ojeda.
Decir que estaban unidos era una exageración. Pero irónicamente estaban re-unidos y se notaba en sus respiraciones las inmensas diferencias que siempre los habían caracterizado y que con el correr de los almanaques se hicieron más evidentes.
Eran 8, y ahora sabían que eran 4 medio hermanos de los otros y éstos decían, a su vez, lo mismo. Solamente eran hermanos perfectamente simétricos : 4 y 4. Su padre habíase casado con una primera esposa y luego de enviudar decidió reincidir con una fortuna igual en todo : una esposa y 4 hijos. Estaban allí y no estaban. Los minutos pasaban y veían a papá que hacía esfuerzos cada vez mayores para capturar el aire que ellos sabían le estaban robando y de repente lo veían abrir los ojos y parecía contarlos, recordarlos, vigilarlos. Sentían el innegable orgullo de ser un número que finalmente integraría el 8, la tranquilidad penúltima de papá. Estaban seguros de que se alegraba por la presencia de todos y se disponía a reafirmar su autoridad, aún despidiéndose. Las salidas honrosas eran su especialidad y ellos la esperaban, claro que sí.
La ocasión podía calificarse de ténebre ( sí, se necesitaba una nueva palabra para describirla ). Era el fin, el olvido, la liberación, la regurgitación de los recuerdos, la oportunidad de desensuciar la memoria.
Crecieron con el hábito, implacablemente, impuesto de lavarse las manos. Para limpiarse primero, para librarse de los gérmenes ( ¿librarse? después aprenderían que se habían pasado la vida seleccionando a los gérmenes más fuertes ), para convertir el aseo personal en la obligación moral de cada día. Luego, el lavarse, constituyó una forma sublime de purificarse; significó acceder ,cada vez mejor , a la metamorfosis diaria, y perseguir inútilmente la albura. Todos los hijos aprendieron a conocer perfectamente sus manos antes que sus almas y a restregarse, lograr la eclosión del jabón y el manar de sus efluvios, producir la espuma, sentir que el agua se apoderaba de ellos y agradecer el milagro de lo cotidiano de separar lo artificial de lo natural y nuevamente la fusión, la confusión, como al principio de los tiempos.
Nadie se atrevió a contradecirlo y por eso cada vez resultaron los mejores cómplices para recrear la apabullante parafernalia de lavarse una y otra vez sin ninguna esperanza. Ahora podían preguntarse si lo que hicieron y lo que no hicieron estuvo bien.
Su padre sentía un especial placer al observar el espectáculo casero frecuente de sus hijos despojándose de la sordidez del mundo mediante, los que consideraba, los dos mejores aliados : el agua y el jabón.
Y ellos no recordaban en que momento empezaron a odiar los adminículos de higiene, las toallas nunca secas, el jabón reblandecido, y la sensación de estar permanentemente vigilados ante cualquier mácula que ultrajara sus manos para, a continuación, recibir la orden obsesiva de lavarse. Después se demostrarían para su mínimo equilibrio que no era necesario lavarse una y otra vez y que si las enfermedades tenían que llegar, pues llegarían.
Entre las muchas cosas que aprendieron, decidieron no involucrarse en las situaciones que demandaran decisiones difíciles ; decidieron también no adoptar responsabilidades y dejar pasar las cosas. Pero este comportamiento no fue absoluto. Eran grandes muchachos y abnegadas madres pero conservaban el estigma original, cual pecado adánico. Hasta podría decirse que eran buenos. ¿ Quién no ha tenido una marca original, casi bovina, infligida por sus padres ?
En sus trabajos y en sus casas, recordaban a su padre cuando realizaban el ritual de la purificación, y si alguna vez incubaron una actitud subversiva para contradecirlo, tuvieron que tragarse sus palabras cuando la epidemia del cólera le dió, a su padre, la razón entera y agobiante. Ese día exclamó triunfante :" Yo les dije muchas veces, lavarse es salud. Recuerden siempre lo que produce la cochinada". En adelante debieron lavarse hasta desollarse, hasta sentir la mudanza de la piel casi horaria, hasta que la epidermis fugara y sintieran un ardor especial, una nueva forma de sensualidad para relacionarse con el mundo. Por eso se decía en el barrio, en el trabajo, en las reuniones, que los Fuentes parecían siempre Nuevos. Nadie conocía la terrible verdad de repetir este ritual una y otra vez so pena de contrariar al armónico mundo de equilibrio de su casa cuyo centro de gravedad se había desplazado hacia su padre y permanecía en él.
Que interesante : Nuevos, con pocas responsabilidades, buenas personas, ilustrados e inteligentes. ¡ Qué bonita familia ¡
Se dieron cuenta que el cordón umbilical crecía inversamente proporcionalmente a la distancia que los acercaba a su padre. Y dieron con una solución : alejarse, frecuentarlo poco. Pero pronto sus parejas y sus hijos advirtieron que estaban reproduciendo maníacamente en sus hogares aquello de lo que tanto se quejaron. Recién se dieron cuenta que no podían escapar, estaban atrapados en la telaraña de la Higiene Mayor.
Recibieron de su padre, el mayor de los afectos y así lo trasmitieron a sus hijos. Fueron buenos padres. Pero invariablemente y sin darse cuenta, recordaban sus propias manos, el estigma, las veces en que se liberaron embarrándose de la podredumbre del mundo, el jugar en el fango, los carnavales. Y en el sexo la exploración cotidiana total, el sonrojo por todas las cosas que habían hecho y el remordimiento por la probable censura paterna sobre determinado acto no higiénico. Aprendieron que el fango tiene su atractivo, te ofrece una coraza para mimetizarte, te integra al grupo y precisamente a ellos les daba la razón : no enferma, no mata y no ensucia. Apenas embarra.
Y ¡Qué final ¡ ¿ Quién tenía la razón ?
Tanto haberse lavado para evitar que algo extraño ingresara a su cuerpo ( un riesgo mínimo ) para terminar compartiendo un extraño aparato de diálisis ( un riesgo muy elevado ) en el que los residuos de sangre de una y otra persona se mezclen, es decir cada vez recibir microtransfusiones de sangre.
¡ Qué irónica es la vida ¡ reflexionó una de sus hijas. Ahora para vivir, papá deberá ensuciarse internamente, una y otra vez, y no podrá lavarse. Qué increíble.
Estaban todos juntos como muy pocas veces, tal vez no volverían a reunirse y constituían esa mañana un himno familiar. Esperaban la despedida, la orden, el reproche...Eso era papá.
Y de pronto ocurrió lo poco que faltaba para que lo quisieran para siempre, la coherencia, el vivir lo que se predica, la priorización de las cosas aún en el postrer adiós. Su padre tomó aliento y pronunció, nunca más gravemente, lo que ellos hubieran querido escuchar : "No se olviden de... lavarse las manos" y expiró.
alfredo guerrón ojeda.
CUENTO CORTO:"TIRO DE GRACIAS" DEL BLOGGER ALFREDO GUERRON.
Tengo este
Smith and Wesson cargado con seis balas. Lo he acariciado varias veces y
en estos últimos tiempos he postergado la decisión de encaminar una
bala sólo por cobardía. La valentía fue una enfermedad que se me ha ido
curando con la edad. En los últimos años, un tiovivo me ha estado
rondando la cabeza y su última parada, siempre, es mi sien derecha. La
gente dice que soy un siete vicios y no tengo argumentos para
contradecir esa opinión. Algunos pueden calificarme de un hijodeputa y
se quedan cortos. Reconocerlo es lo único de honestidad que me queda. Me
he pasado la vida burlándome de todo y de todos. Y aquí estoy
lamentándome. No he tenido coherencia, porque debería morir en mi ley,
ser un hijodeputa toda la vida y ser un hijodeputa al final. Sin
lamentos. Sería admirable y me ganaría el respeto. En el juego de la
vida debí jugarle aunque sea un boletito a mi hijo. Se me fue. Tuve la
oportunidad en mis manos, incluso mi hijo me la brindó. Se acercó a
pedirme ayuda al final de su carrera y como yo le había fallado, antes,
muchas veces, me dijo, piénsalo pá, si no lo haces por cariño aunque sea
juégate un albur, a lo mejor me va bien y yo podría ser tu bastón para
la vejez. Y yo me molesté todavía, putamadre, me rasgué las vestiduras y
le dije que cómo era posible que me dijera eso. Y le fallé en la última
vez, era mi última oportunidad y no lo ayudé. Qué estúpido. Me ofreció
una transacción, estaba fácil, incluso el monto que me pedía no estaba
fuera de mi alcance, no debía invertir mucho. Pero no lo apoyé. Si lo
ayudaba quedaba perdonado todo y se quedaba con una deuda eterna
conmigo. Qué me hubiera costado ayudarlo aunque sea con alguito. Pero se
me fue. Es que a mí tampoco me ayudaron. Ya sé que esto no sirve de
justificación. Pero ya lo hice y tengo 80 años, estoy medio ciego y
sobretodo, sólo. Hay una bala perdida en el tiempo que ya está
encontrando su rumbo y que, inexorablemente, viene por mí. La gente dice
que uno de mis peores vicios es jugar juegos de azar. Yo no lo
considero un vicio, modestamente, es mi profesión, corrijo, es mi
religión. Se supone que a través de muchos años de jugador profesional
he desarrollado una intuición especial para descifrar esos códigos que
están velados para los profanos y que permiten poseer, a los iluminados
como yo, más probabilidades para ganar. Se suponía y en la jugada de mi
vida, cometo ese lance, increíble. A mí, todavía. Se me fue la jugada
maestra, la que hoy cambiaría mi vida y me permitiría acceder a la
muerte entre los míos. Si dicen que al mejor cazador se le va la paloma,
diré que al peor jugador, al más vicioso se le fue un águila, porque mi
hijo se transformó en un águila y yo pude haberme cobijado ahora,
aunque sea un ratito, bajo su égida, sobretodo hoy que más lo necesito.
Pero con que cara voy a pedirle perdón, y ayuda. No me habla hace 30
años y tiene toda la razón. Me lo he ganado. He agredido impunemente
durante muchos años a su madre, a sus hermanos y a él. He desprestigiado
el apellido, lo he relacionado con deudas, con estafas, con
inmoralidades. Soy un paria y no puedo pretender ahora reinvindicarme. ¿
Cómo me recordarán en Sullana ? como el alcahuete de los Generales. Es
que yo llegué a grandes alturas. Puta, qué tal título, pero es lo máximo
que he hecho. Les diré que en los tiempos del gobierno militar yo me
ganaba la vida como proxeneta, poniéndoles hembras a los militares y me
pasaba de rastrero (recién me he dado cuenta) dirigiéndome a ellos como
"mi general". Es demasiado tarde. Ya no se puede retroceder lo vivido. Y
todavía pienso, que imbécil conchesumadre. Me pude haber asegurado con
mi hijo. En que mierda estaba pensando. No lo veo hace 30 años, no
conozco a mis nietos y por supuesto ni siquiera han querido conocerme.
Sé de sus venas artísticas y de sus triunfos que no son míos
definitivamente. Ya no existo. Vivo en una covacha. Y para colmo hace
una hora, el destino, inclemente, ha tocado mi puerta, ha aparecido como
una mano que parecía de apoyo pero que a la vez me ha lanzado la última
bofetada. Me ha dado el aliento que me faltaba. Mi hijo ha venido a
verme con dos hermosos jóvenes, mis dos nietos, a decirme que todo está
olvidado, que no ha pasado nada y que quiere que viva con ellos. Y esto,
es demasiado para mí. Le he agradecido con las únicas lágrimas que me
quedaban, y le he dicho que por favor vuelva en la tarde a recogerme,
mientras empaco algunas cosas, para irnos. Sin que él se lo proponga, me
ha reducido a la mínima expresión, ya no queda nada de mí, es el adiós.
Me siento una alimaña. Pero tamaña nobleza no puedo menos que
corresponderla que con este tiro en la cabeza.
(alfredo guerrón)
Suscribirse a:
Entradas (Atom)