VIDEOS KARAOKE PARA QUE LOS AFICIONADOS DEL MUNDO DE ESTE BELLO ARTE PRACTIQUEN HASTA LA MAESTRÍA Y COMO EJEMPLOS, CANCIONES CANTADAS POR EL BLOGGER.
domingo, 29 de enero de 2012
domingo, 22 de enero de 2012
CUENTO CORTO: BABEL (AUTOR: ALFREDO GUERRÓN)
Anel estaba cantando "hacer el amor con otro" y recordaba que había tenido un día de mierda. En el trabajo se colgó el sistema y retrasó la entrega de los balances por dos horas ante la ansiedad del jefe por tener en sus manos la información requerida. Había estado casi todo el día con un dolor menstrual que la acompañaba casi siempre de la manera más inoportuna. Recordó el consejo de su amiga Sara y se había comprado una arcoxia de 120 miligramos ( le costó 7 soles, puta, un poco cara ) y comprobó que era verdad tanta belleza, esa cápsula era milagrosa. Se la tomó y a los 5 minutos el dolor desapareció para siempre. Y el día se aclaró, dejó a un lado las imprecaciones y se concentró en su trabajo y en Miguel, su amor imposible. Era casado, pero un amante de aquellos. Una vez la había poseído en los baños pero fue suficiente para volverse adicta. Él trabajaba en la sección de al lado pero a veces irrumpía en su sección ( tal vez lo hacía por joder ) y la miraba y ella sentía que la voluntad le abandonaba y que quería proclamarse en ese momento su divina fan, su esclava. Hijo de puta, sabe que me trae muerta. Pero lo disimulaba muy bien. Sudaba frío, pero era fácil echarle la culpa al calor, se ruborizaba por la cantidad de malos pensamientos que se apoderaban de su cabeza y que fácilmente le habrían costado la condena para unos tres infiernos. Y lo dejaba pasar mirándolo sin mover la testa, apenas un subir los ojos hacia la frente y bajarlos rápidamente. Definitivamente Miguel era un hijo de puta adorable. Cerca de las seis, la llamada de Margot apareció espectralmente invitándola a tomar unos tragos y a cantar en el karaoke de siempre. Giuliano había terminado de cantar la canción "Mientes tan bien" ( del dúo Sin Bandera ) y fue aplaudido. Cantaba bien y era justo, pensó. Y maldecía porque la maldita canción recitaba "que te quedaras conmigo una vida entera" y su enamorada acababa de irse a vivir a los Estados Unidos. Puta madre qué voy a hacer, no debí enamorarme. Que tu amor es sólo invierno nunca primavera. Canción de mierda, no la hubiera cantado. Y ahora cómo voy a olvidarla. Se vino del aeropuerto y se sentó sólo, a cantar y tomar una cerveza. Daniela, su enamorada, era una chica no muy linda pero era lindísima. Apenas estuvimos 3 años, pero parecieron tres minutos y ahora no parecían nada. Dios, era el final de los finales, antes ya había terminado con otras chicas, pero Daniela era de las chicas con la que no piensas terminar nunca. Cuando la felicidad era eterna se le apareció una oportunidad a su nena para irse tras el sueño americano. Y como todo lo eterno se acaba... Él sabía que no la iba a seguir. Así que sólo quedaba recordar y olvidar. Veía a los demás cófrades y sabía que cada quien ponía a la mesa esa noche, el final de ese día con todos sus aderezos y los diluían en cerveza o sangría o en "una canción de amor". César estaba con sus amigos que celebraban su onomástico, le habían regalado un cross plateado y una torta. Había terminado hace 1 mes con Lucrecia y en este grupo estaba Rosa, una buena chica de quien le habían dicho no escondía su interés y preguntaba por él. Rosa era muy bonita pero como todo en la vida, lo que tienes al frente no lo deseas. El ánimo predatorio lo cultivas con lo inalcanzable. Lucrecia era la hija de un industrial y él, un trabajador bancario. Contra todos los pronósticos ella lo aceptó pero todos decían que esa relación no duraría. Era totalmente asimétrica, él la adoraba y ella tenía demasiado dinero. César soñaba que se podían casar pero ella tenía otros planes. César nunca fue tan feliz como con Lucrecia. Se volvió poeta, cantante, un quijote de otros tiempos. Y un día el sueño desapareció como la pompa de jabón, como el presente, como los recuerdos antiguos. Lucrecia le comunicó que se iba a casar con un gerente y César se lamentó de su suerte. Y lloró amargamente. Pero se recuperó y continuó adelante. De pronto Rosa cantó "amor eterno", y los amigos que decían, a quién se la habrá dedicado, y carraspeaban. Hicieron un brindis y Rosa lo miraba de una manera especial. Jorge había salido del hotel y dejado a Carla en su paradero. Carla era casada pero eran amantes hace 5 años y se comprendían en el sexo de maravilla. Su relación era puramente carnal y sabían que estaban malditamente condenados al placer cuando podían reunirse sin despertar sospechas en sus respectivos cónyuges. Ese día Carla se había vestido con un pantalón de esos que se tenía que poner con calzador para que quepa todo lo que tenía en su sitio y que era inmenso y tentador. Y la sorpresa se la dió cuando se quitó la ropa y le dijo que la lencería era comestible, como lo leen, co mes ti ble. Era el último invento para saciar el hambre de pecado, un artificio hecho para la condenación, para la profanación , para la perdición y el encuentro. Por supuesto que se la comió literalmente y después recorrió palmo a palmo todas las dunas, los meandros, los desiertos, las llanuras, las cumbres, los oasis, las simas y con los ojos cerrados comprobó que se la sabía de memoria a Carla. Ella se desbordó como la última copa de vino de la noche. Se desintegró para formarse de nuevo varias veces. Lanzó un grito ahogado e impenitente. Sintió la necesidad de infligirle una vez más la marca de posesión y le enterró las uñas en la espalda. Era un ritual despiadado pero era la única manera honorable de corresponder a toda la fantasía del momento, cortesía de Jorge . Y sentían que nunca volverían a ser los mismos a partir de ese instante. Y era verdad, se transformaban en unos poseídos por el demonio del placer y decidían morir en el intento por la obra maestra que acababan de concluir. Era poco, era demasiado, eran apenas unos minutos pero el placer les duraba exactamente hasta el otro encuentro. La dejó en su paradero y luego fue al karaoke para cantar "Lo dudo". Alberto venía de su trabajo, había atendido varios pacientes y escuchado no pocas historias de quejas y frustraciones. Solía venir una vez al mes a sentarse y cenar. Escuchaba a los cantantes y antes de irse pedía unas canciones de Sabina, y pensaba que Sabina no debía morirse nunca sino ¿ quien iba a componer a la perfección otras canciones ?, ¿ quien iba a asombrar al mundo otra vez con sus trovas ?. Cantó aquella canción de la prostituta que la levanta un tipo y se la lleva a su departamento y se enamora de ella. El final feliz es que lo abandona esa misma noche después de robarle. Esos son los finales felices de Sabina, sonrió.("Medias negras"). Y recitó con melodía otra canción de un artista que después de un concierto en la playa de un pueblo va a darle una serenata a la mesera ojos de gata. Y luego se van a un hostal y así les dieron las diez y las once, las doce y la una y las dos y las tres, y desnudos al anochecer los encontró la luna. En modo ranchera además. (" Y nos dieron las diez"). Miró el reloj, eran las tres de la mañana, debía irse. Mientras se iba pensó, tantas mesas, tantas historias. Debo escribir un cuento porque en un karaoke confluyen como en Babel muchas maneras de aspirar al cielo.
(alfredo guerrón ).
(alfredo guerrón ).
BROMAS PARA NO OLVIDAR.
Voy a referirme a dos bromas que me tocó vivir.
La Primera Broma.
En la plaza de Armas de Sullana se acostumbra, no sé si hasta hoy, realizar una retreta los días sábados por la tarde, con la banda del cuartel del RCB 13 (Regimiento de Caballería Blindada Número 13). La retreta no es otra cosa que un show musical y eso alegra al pueblo. Recuerdo a los músicos que interpretaban el tambor y la trompeta. El que tocaba el tambor era un genio y el que tocaba trompeta también era muy bueno. Pues yo veía a unos muchachos un poco mayores que yo que se acercaban al que tocaba trompeta y misteriosamente éste dejaba de tocar y les decía que se vayan ( en realidad menos elegantemente, churres de m... lárguense ) y que no lo interrumpan. Yo veía a los muchachos de marras chupando un limón con sal. Y no entendía. Un día pregunté a un señor y me explicó. Resulta que para tocar trompeta no hay que salivar y la sola visión del limón con sal te hace salivar (le llaman reflejo condicionado), y los palomillas sabían de eso. Lo hacían adrede, por eso el trompetista no podía seguir tocando. Era increíble como en plena canción las trompetas repentinamente callaban y los muchachos se reían.
La Segunda Broma.
En la casa quinta de un amigo, Domingo Zapata, en la cuadra 6 de la calle Lima, me invitaron a presenciar un espectáculo en la vereda. Para que entiendan, debajo de la vereda había un canal tubular que conectaba la calzada (la pista) con la entrada de la quinta. Este canal servía para desaguar la lluvia de la quinta, pero estaba seco porque hacía muchos años que no llovía en Sullana. Estos bandidos hacían pasar un hilo de nylon transparente desde atrás de sus manos, luego lo pasaban por el canal y terminaba en la pista pero a la entradita del canal con un billete de 10 soles. Era un anzuelo para pescar la ambición de algún transeúnte. Era cómico ver como pasaba un señor cualquiera y veía el billete, no podía creer su suerte, y cuando iba a agarrarlo misteriosamente el billete desaparecía por el canal ( por supuesto jalado por mi amigo rápidamente y coordinadamente ). El señor se arrodillaba y nosotros le preguntábamos ( como sorprendidos ), qué pasa maestro, jovencitos se me ha caído un billete de 10 soles y se ha metido a este huequito. Préstenme una escoba. Y el señor se agachaba hasta mirar por el canal ( incluso no le importaba ensuciarse ) y veía el billete adentro al fondo (esa era la última tentación). Allí está mi plata exclamaba, y nosotros que aguantábamos la risa. Por favor decía ( ya preso de la desesperación ) préstenme un palo largo. Le alcanzábamos el palo y por supuesto mi amigo Domingo ya había recuperado el billete y lo tenía en sus manos, por si las moscas. El señor estaba como media hora hurgando el hueco con el palo hasta que se rendía y decía, que mala suerte como puedo haber perdido así mi plata. Su despedida era una súplica, jovencitos si lo encuentran,por favor jovencitos, guárdenme el billete de 10 soles. Y así algunas tardes de vacaciones caían en la trampa varias personas. Alguna señora nos mostraba su plata y nos trataba de convencer diciéndonos, jovencitos me falta un billete de 10 soles, yo he traído tanto y contaba sus billetes y nos decía, ven, me falta 10 soles. Todos nos reíamos, pero yo pensaba después cómo se transformaban las personas por el vil metal. Estábamos unas 3 horas y despues nos reuníamos a comentar los casos y nos desternillábamos de risa. Pero un día sucedió lo inesperado, pasaba un joven distraído y nos parecía que aparentemente no había reparado en nuestro billete anzuelo. Y de repente sin que nos diéramos cuenta pisó el billete, lo cogió y nos dijo, que suerte, me he encontrado un billete de 10 soles en este huequito del drenaje. Nos miró y se fue con el billete. Nos miramos y nos reímos de Domingo que era el que prestaba el billete. Desde ese día ya no tuvimos muchas ganas de seguir con la pesca de ambiciones y sobretodo Domingo puso como condición que otra persona arriesgara su plata.Lo cual no volvió a ocurrir.
(alfredo guerrón).
La Primera Broma.
En la plaza de Armas de Sullana se acostumbra, no sé si hasta hoy, realizar una retreta los días sábados por la tarde, con la banda del cuartel del RCB 13 (Regimiento de Caballería Blindada Número 13). La retreta no es otra cosa que un show musical y eso alegra al pueblo. Recuerdo a los músicos que interpretaban el tambor y la trompeta. El que tocaba el tambor era un genio y el que tocaba trompeta también era muy bueno. Pues yo veía a unos muchachos un poco mayores que yo que se acercaban al que tocaba trompeta y misteriosamente éste dejaba de tocar y les decía que se vayan ( en realidad menos elegantemente, churres de m... lárguense ) y que no lo interrumpan. Yo veía a los muchachos de marras chupando un limón con sal. Y no entendía. Un día pregunté a un señor y me explicó. Resulta que para tocar trompeta no hay que salivar y la sola visión del limón con sal te hace salivar (le llaman reflejo condicionado), y los palomillas sabían de eso. Lo hacían adrede, por eso el trompetista no podía seguir tocando. Era increíble como en plena canción las trompetas repentinamente callaban y los muchachos se reían.
La Segunda Broma.
En la casa quinta de un amigo, Domingo Zapata, en la cuadra 6 de la calle Lima, me invitaron a presenciar un espectáculo en la vereda. Para que entiendan, debajo de la vereda había un canal tubular que conectaba la calzada (la pista) con la entrada de la quinta. Este canal servía para desaguar la lluvia de la quinta, pero estaba seco porque hacía muchos años que no llovía en Sullana. Estos bandidos hacían pasar un hilo de nylon transparente desde atrás de sus manos, luego lo pasaban por el canal y terminaba en la pista pero a la entradita del canal con un billete de 10 soles. Era un anzuelo para pescar la ambición de algún transeúnte. Era cómico ver como pasaba un señor cualquiera y veía el billete, no podía creer su suerte, y cuando iba a agarrarlo misteriosamente el billete desaparecía por el canal ( por supuesto jalado por mi amigo rápidamente y coordinadamente ). El señor se arrodillaba y nosotros le preguntábamos ( como sorprendidos ), qué pasa maestro, jovencitos se me ha caído un billete de 10 soles y se ha metido a este huequito. Préstenme una escoba. Y el señor se agachaba hasta mirar por el canal ( incluso no le importaba ensuciarse ) y veía el billete adentro al fondo (esa era la última tentación). Allí está mi plata exclamaba, y nosotros que aguantábamos la risa. Por favor decía ( ya preso de la desesperación ) préstenme un palo largo. Le alcanzábamos el palo y por supuesto mi amigo Domingo ya había recuperado el billete y lo tenía en sus manos, por si las moscas. El señor estaba como media hora hurgando el hueco con el palo hasta que se rendía y decía, que mala suerte como puedo haber perdido así mi plata. Su despedida era una súplica, jovencitos si lo encuentran,por favor jovencitos, guárdenme el billete de 10 soles. Y así algunas tardes de vacaciones caían en la trampa varias personas. Alguna señora nos mostraba su plata y nos trataba de convencer diciéndonos, jovencitos me falta un billete de 10 soles, yo he traído tanto y contaba sus billetes y nos decía, ven, me falta 10 soles. Todos nos reíamos, pero yo pensaba después cómo se transformaban las personas por el vil metal. Estábamos unas 3 horas y despues nos reuníamos a comentar los casos y nos desternillábamos de risa. Pero un día sucedió lo inesperado, pasaba un joven distraído y nos parecía que aparentemente no había reparado en nuestro billete anzuelo. Y de repente sin que nos diéramos cuenta pisó el billete, lo cogió y nos dijo, que suerte, me he encontrado un billete de 10 soles en este huequito del drenaje. Nos miró y se fue con el billete. Nos miramos y nos reímos de Domingo que era el que prestaba el billete. Desde ese día ya no tuvimos muchas ganas de seguir con la pesca de ambiciones y sobretodo Domingo puso como condición que otra persona arriesgara su plata.Lo cual no volvió a ocurrir.
(alfredo guerrón).
CUENTO CORTO. TIRO DE GRACIAS (AUTOR: ALFREDO GUERRÓN)
Tengo este Smith and Wesson cargado con seis balas. Lo he acariciado varias veces y en estos últimos tiempos he postergado la decisión de encaminar una bala sólo por cobardía. La valentía fue una enfermedad que se me ha ido curando con la edad. En los últimos años, un tiovivo me ha estado rondando la cabeza y su última parada, siempre, es mi sien derecha. La gente dice que soy un siete vicios y no tengo argumentos para contradecir esa opinión. Algunos pueden calificarme de un hijodeputa y se quedan cortos. Reconocerlo es lo único de honestidad que me queda. Me he pasado la vida burlándome de todo y de todos. Y aquí estoy lamentándome. No he tenido coherencia, porque debería morir en mi ley, ser un hijodeputa toda la vida y ser un hijodeputa al final. Sin lamentos. Sería admirable y me ganaría el respeto. En el juego de la vida debí jugarle aunque sea un boletito a mi hijo. Se me fue. Tuve la oportunidad en mis manos, incluso mi hijo me la brindó. Se acercó a pedirme ayuda al final de su carrera y como yo le había fallado, antes, muchas veces, me dijo, piénsalo pá, si no lo haces por cariño aunque sea juégate un albur, a lo mejor me va bien y yo podría ser tu bastón para la vejez. Y yo me molesté todavía, putamadre, me rasgué las vestiduras y le dije que cómo era posible que me dijera eso. Y le fallé en la última vez, era mi última oportunidad y no lo ayudé. Qué estúpido. Me ofreció una transacción, estaba fácil, incluso el monto que me pedía no estaba fuera de mi alcance, no debía invertir mucho. Pero no lo apoyé. Si lo ayudaba quedaba perdonado todo y se quedaba con una deuda eterna conmigo. Qué me hubiera costado ayudarlo aunque sea con alguito. Pero se me fue. Es que a mí tampoco me ayudaron. Ya sé que esto no sirve de justificación. Pero ya lo hice y tengo 80 años, estoy medio ciego y sobretodo, sólo. Hay una bala perdida en el tiempo que ya está encontrando su rumbo y que, inexorablemente, viene por mí. La gente dice que uno de mis peores vicios es jugar juegos de azar. Yo no lo considero un vicio, modestamente, es mi profesión, corrijo, es mi religión. Se supone que a través de muchos años de jugador profesional he desarrollado una intuición especial para descifrar esos códigos que están velados para los profanos y que permiten poseer, a los iluminados como yo, más probabilidades para ganar. Se suponía y en la jugada de mi vida, cometo ese lance, increíble. A mí, todavía. Se me fue la jugada maestra, la que hoy cambiaría mi vida y me permitiría acceder a la muerte entre los míos. Si dicen que al mejor cazador se le va la paloma, diré que al peor jugador, al más vicioso se le fue un águila, porque mi hijo se transformó en un águila y yo pude haberme cobijado ahora, aunque sea un ratito, bajo su égida, sobretodo hoy que más lo necesito. Pero con que cara voy a pedirle perdón, y ayuda. No me habla hace 30 años y tiene toda la razón. Me lo he ganado. He agredido impunemente durante muchos años a su madre, a sus hermanos y a él. He desprestigiado el apellido, lo he relacionado con deudas, con estafas, con inmoralidades. Soy un paria y no puedo pretender ahora reinvindicarme. ¿ Cómo me recordarán en Sullana ? como el alcahuete de los Generales. Es que yo llegué a grandes alturas. Puta, qué tal título, pero es lo máximo que he hecho. Les diré que en los tiempos del gobierno militar yo me ganaba la vida como proxeneta, poniéndoles hembras a los militares y me pasaba de rastrero (recién me he dado cuenta) dirigiéndome a ellos como "mi general". Es demasiado tarde. Ya no se puede retroceder lo vivido. Y todavía pienso, que imbécil conchesumadre. Me pude haber asegurado con mi hijo. En que mierda estaba pensando. No lo veo hace 30 años, no conozco a mis nietos y por supuesto ni siquiera han querido conocerme. Sé de sus venas artísticas y de sus triunfos que no son míos definitivamente. Ya no existo. Vivo en una covacha. Y para colmo hace una hora, el destino, inclemente, ha tocado mi puerta, ha aparecido como una mano que parecía de apoyo pero que a la vez me ha lanzado la última bofetada. Me ha dado el aliento que me faltaba. Mi hijo ha venido a verme con dos hermosos jóvenes, mis dos nietos, a decirme que todo está olvidado, que no ha pasado nada y que quiere que viva con ellos. Y esto, es demasiado para mí. Le he agradecido con las únicas lágrimas que me quedaban, y le he dicho que por favor vuelva en la tarde a recogerme, mientras empaco algunas cosas, para irnos. Sin que él se lo proponga, me ha reducido a la mínima expresión, ya no queda nada de mí, es el adiós. Me siento una alimaña. Pero tamaña nobleza no puedo menos que corresponderla que con este tiro en la cabeza.
(alfredo guerrón)
CUENTO CORTO: SAVIA DECISIÓN (AUTOR: ALFREDO GUERRÓN)
Enrique se había percatado de un cambio. La oscuridad lo amodorraba, le robaba vitalidad, parecía robarle aire, intoxicarlo. Desde entonces evadió la oscuridad y los tonos grises de las estancias donde se desenvolvía su vida cotidiana. Buscó vivir la vida exclusivamente a colores. Él no supo a que atribuirlo. Como era propietario celoso de algunas fobias, trató de no hacerle caso a este deseo de escapar de las grisuras para no incorporarlo a su colección de temores infundados. En cambio la luz solar le inyectaba entusiasmo, nuevas fuerzas, ganas de cantar, de moverse, de ser feliz. Había leído que el ritmo circadiano influía en el comportamiento de las personas, que los ciclos de luz y oscuridad determinaban actitudes; y eso lo tranquilizó. Pero ¿ porque esos síntomas se fueron arraigando y acrecentando ? No tenía una respuesta. Entretanto la fotofilia se transformó en avidez y luego voracidad por los rayos solares.
También notó que empezaba a desear los espacios abiertos, se sentía libre y tenía la imperiosa necesidad de pararse e inclinarse de manera recta como un poste inclinado y sentir el bramido del viento en la cara. Empezó a gustarle hacer las inclinaciones para lados diferentes, elevar los brazos e inmovilizarlos y en ocasiones buscaba la inmovilidad total. Eso lo relajaba. En los parques y jardines su familia y amigos lo veían como un nuevo adepto al tai chi. De salud estaba bien.
Había leído que el agua era una maravilla y decidió desde ese momento de lucidez tomar una docena de vasos con agua al día. El agua también lo revitalizaba y sentía que le servía para otras cosas que su cuerpo sabiamente realizaba. La luz, el agua, las poses estáticas. En el barrio comentaban, otro loco más.
De pronto, un día cualquiera, comenzó a sentir que algunas de sus articulaciones se endurecían sin dolor. Consultó con el médico de la familia y le explicó que era algo así como anquílosis ósea y articular debido a sus 49 años. Él se dió ánimo y se dijo para sí mismo, felizmente que me dedico a lo natural, la luz solar,tomo abundante agua, hago ejercicios y no tengo hábitos nocivos como tabaquismo y alcohol. Porque sino peor me fuera con esta enfermedad reumática.
Continuó con su rutina, el trabajo, la familia. Se declaró un predicador de la vida sana y decidió dedicar parte de sus fuerzas a convencer a los profanos de las ventajas de los elementos naturales. De los elementos que faltaban estaba el fuego y se dió cuenta que el fuego no le atraía y cayó en la cuenta que empezando con un respeto a las llamas estaba terminando con otra fobia por el fuego que no quería comprarse para siempre. Pero el barro, extrañamente empezaba a adquirir una importancia desde aquel día en que llovió y un aroma lo envolvió sensualmente. Investigó el origen del extraño olor y caminando por el jardín tomó un poco de barro entre las manos, lo olfateó y quedó hipnotizado. Este era el olor que estaba buscando hace tiempo y quiso saborearlo. Lo hizo, le gustó y pensó que eso no era cuerdo y otra vez tuvo miedo. Consultó nuevamente con su médico y le dijo que tal vez tenía anemia, porque en medicina cuando un paciente tiene anemia presenta avidez por los minerales primarios. Por lo que el facultativo le prescribió análisis sanguíneos y para su sorpresa y el desconcierto del galeno, los análisis salieron normales, no tenía anemia.
Y un día en la piel sintió una paquidermia incipiente que se fue apoderando de él. Su médico temió que tuviera dermatomiositis. Otra vez nunca llegó a certificar ese diagnóstico. Se hizo una herida y de la lesión brotó un exudado blanco que olía a resina.
Enrique comenzó a sentir que su movilidad se iba limitando, que su familia sufría. Incluso perdió el trabajo. Y una tarde tomó una decisión que la sentía crucial, necesarísima, la de ir al parque cercano a su domicilio. Penosamente salió de casa, mientras pasaba por los jardines de su barrio el corazón se le aceleraba. A duras penas pudo llegar hasta el mencionado parque. Se detuvo, alzó los brazos. Sintió que el sol ingresaba a sus entrañas y su piel rápidamente adoptaba el acartonamiento y la tersura de la rusticidad. Sus pies se hundieron como en arenas movedizas. Sintió que su sangre adoptaba un tono rosado y luego blanquecino y finalmente, como un veneno largamente deseado, la savia se apoderó de él y le explicó su metamorfosis, su nueva vida.
Su familia lo buscó y nunca encontraron ningún rastro ni de esperanza. Literalmente se lo había tragado la tierra. A pesar de que sus familiares pasaron muchos días y años muy cerca a él. Vió crecer a sus hijos. Cargó con alguno de ellos sin que se dieran cuenta y también con algunos nidos. En aquel parque un sauce crece ahora con más pena que gloria.
alfredo guerrón. 2008.
CUENTO CORTO: DEBÍ HABERLO MATADO NUNCA. (AUTOR: ALFREDO GUERRÓN)
Debí haberlo matado, pero cuando tuve la mejor oportunidad, dudé.
Soy César Landauri, ex – infante de marina, ex - esposo, ex – profesor de gimnasio y ex - persona.
Manejo multitud de armas con gran destreza y aprendí a matar sin dejar rastros. Fue importante adquirir ese bagaje de asesino porque combatí en el frente externo en una pequeña guerra (pequeña porque duró pocas semanas) y en el frente interno contra el terrorismo. No tengo ningún remordimiento en matar. Soy un profesional de la guerra.
En el servicio de Inteligencia, mis jefes me encargaron eliminar al Comandante Salvatierra porque con sus debilidades ponía en peligro a todo el sistema. Sus debilidades eran las clásicas que ustedes conocen: las mujeres, el licor, la cocaína y …los hombres (sí pues, al más macho de la Marina del Perú, le gustaban los reclutas, aquellos efebos que lo hacían gruñir de placer).
Yo era su adlátere, su chofer, su mayordomo, su secretario, su sombra. Compartíamos muchas horas juntos, muchos secretos y si me permiten develar uno, compartíamos a su mujer. La primera vez que comí la fruta del jardín prohibido ocurrió cuando lo traje a su casa (una mansión en uno de los mejores distritos de Lima, signo exterior de riqueza que delataba que cuando era jefe de la zona de emergencia en la selva peruana, obtuvo pingües ganancias en alianza con los narcotraficantes de la zona. Los narcos lo habían declarado hijo predilecto, mi hermano del alma, pataza y lo forraban en dólares y en cocaína para su consumo), estaba ebrio y lo ingresé hasta su habitación cargado. Nos había recibido Gabriela, su esposa, una diosa de 40 años, en una discreta bata transparente de color melón que me dejó atónito. Se puso roja de ira o de vergüenza. Al final me dijo gracias César, por favor no te vayas, te invito un trago. Yo me sorprendí y luego de un análisis bélico de la situación accedí. Me sirvió wiskhy con hielo, ella se sirvió otro tanto y se sentó frente a mí. Estaba con la bata que se resbalaba de sus poderosos muslos y dejaba un camino para la imaginación que iba a exacerbar el bendito licor. Me dijo que estaba harta, que no tenía vida marital, y tenía que soportar las humillaciones de sus vicios. Y tenía un gran temor de contraer Sida porque ya lo había descubierto con amantes masculinos. Se le habían perdido unas batas y ella pensaba con mucha buena fe que era porque se la regalaba a sus amantes féminas de mala muerte hasta que una vez regresó a su casa de un viaje, días antes de lo previsto y encontró a su marido el comandante Salvatierra, el más macho de la Marina del Perú, vestido con su bata melón en arrumacos con un joven atlético de corte militar. El esposo la gritó y le dijo lárgate, no hagas escándalo. Tú no has visto nada y otra vez avisa si vas a venir antes.
Gabriela sirvió la segunda ronda de licor y puso música. Me dijo César, hace tiempo que no bailo, podemos bailar. Señora, le dije, yo no sé que hacer. Ella me tomó de la mano para bailar y me dijo, no me llames Señora, llámame Gabriela. La sala era grande, su culo era grande, sus tetas eran grandes y mi deseo empezaba a crecer para alcanzar esos tamaños. No quise ser imprudente y por si acaso la dejé tomar la iniciativa, no vaya a ser que un marino (el colmo) se lance a la piscina sin agua. Bailamos al compás de una música y se me acercó como la serpiente del paraíso. Mi serpiente ya pasaba de gel a sólida. Gabriela me dijo estoy desesperada César, con una voz que me erizaban los pelos y se puso a llorar en mi hombro. Necesito sentirme mujer y a alguien que me haga sentir mujer. Luego me besó furiosamente y comenzó a resbalar por mi pecho para pintar con su saliva cada centímetro de mi piel. Con ello cumplía el ritual de la adoración y luego se prendió del mástil que acostumbro llevar siempre conmigo, y sentí un vacío de succión que me desorbitó, me sentí en el infierno total, porque allí es donde están los placeres máximos. Y Gabriela seguía en un intento obsesivo de succionar una savia vital que yo debía proporcionarle. Ese día me enseñó como es que una mujer puede ser declarada Perita en ese difícil arte, sin temor a endilgarle ese merecido título. Finalmente inundé sus labios con el icor que buscaba y gritó, se jaló los cabellos, me hundió las uñas, me mordió. Luego fue al baño y al regresar me dijo César, gracias, no sabes cuánto ha significado esta noche para mí. He vuelto a vivir. Hasta había pensado en suicidarme.
Desde hace años sueño que me violan, me acorralan varios desconocidos pero cuando van a violarme, nunca ocurre el evento y me despierto mojadita y como casi nunca está mi marido me dedico a disfrutar de los placeres individuales, egoístas, onanistas.
Después tuvimos innumerables encuentros en su casa, en su cocina, en la escalera, en la biblioteca, en la piscina. Me pedía que ingrese en ella a la fuerza, le excitaba la violencia. Cada vez me sorprendía gratamente, me trataba como rey. Se arreglaba y se ponía mucho más bonita para mí. Alguna vez le compré un vestido, y me dijo, esto merece un strip tease, puso luz de penumbra, música suave y se movió como una puta sólo para mí, se quitó su vestido y luego se puso, con un exquisito arte de cabaret, el vestido que yo le había traído. Luego lo destrozamos para dar rienda suelta a nuestros más bajos instintos. Eso, con los más bajos instintos se llega a las cumbres más altas en el sexo y en el amor. Pero les diré que no todos los vestidos que le regalé los destrozamos juntos, algunos los destrozó ella sola cuando pensaba en mí y los horadaba ferozmente en un intento poético de recrear un estupro total.
Cuando éramos una pareja total, y nuestra felicidad solo era empañada por la presencia inoportuna del comandante Salvatierra, ella me pidió que lo matara, me dijo que él tenía un buen seguro de vida y con eso podríamos vivir felices para siempre.
En verdad él nos estorbaba. Yo tenía todas las ventajas, conocía todos sus movimientos. Lo traía, la mayoría de veces, inconsciente a su casa. Estaba fácil. La idea era matarlo sin dejar huella. Entonces aparentemente desde todos los frentes la orden era matarlo.
Mis jefes me prometieron que podían desaparecerlo, primero yo lo mataba, luego ellos se encargaban de incinerarlo en un hornito y luego esparcirían las cenizas en alguna carretera. A la mierda con el quinto mandamiento.
El día llegó, estaba decidido. Pero extrañamente mi conciencia apareció para estorbar mi frialdad. Cómo era posible que yo le fallara al comandante así, tan deslealmente. Yo ganaba un buen sueldo como su asistente y mi trabajo no era pesado. Hubo épocas en las que fuimos amigos y alguna vez me aconsejó en alguna encrucijada personal. Si mis jefes querían que muera el Comandante ¿porque me encargaron precisamente a mí esa tarea? Y lo peor de todo es que me convenía que muera para ser felices con Gabriela. Empecé a cuestionar mis principios, la moral, la ética.
Él confiaba plenamente en mí y además siempre iba armado con una pistola. Debía tomar mis precauciones. Lo iba a matar de un tiro en la nuca en una carretera desolada porque ese día me había pedido que lo lleve a su casa de campo. Seguro que tenía alguna cita con una chica o un mancebo. En el camino me dijo César te doy un datazo, para tener un buen sexo, embadúrnate la cabeza del pene con clorhidrato y también a la vagina de tu pareja. La idea es que se van a anestesiar esas zonas y van a tener la sensación de tener unos genitales inmensos y eso les va a permitir un máximo placer. Le dije gracias mi Comandante, los tomaré en cuenta. Mientras yo pensaba, el Comandante pensando en placer y yo en el tiro en su nuca. Pero las cosas ocurren de otras maneras a cómo las planificamos. Yo cometí un craso error ,subestimé al Comandante.
Debí haberlo matado pero no tuve el alma de asesino para hacerlo y hoy, que paradoja, soy apenas un alma.
Soy César Landauri, ex – infante de marina, ex - esposo, ex – profesor de gimnasio y ex - persona.
Manejo multitud de armas con gran destreza y aprendí a matar sin dejar rastros. Fue importante adquirir ese bagaje de asesino porque combatí en el frente externo en una pequeña guerra (pequeña porque duró pocas semanas) y en el frente interno contra el terrorismo. No tengo ningún remordimiento en matar. Soy un profesional de la guerra.
En el servicio de Inteligencia, mis jefes me encargaron eliminar al Comandante Salvatierra porque con sus debilidades ponía en peligro a todo el sistema. Sus debilidades eran las clásicas que ustedes conocen: las mujeres, el licor, la cocaína y …los hombres (sí pues, al más macho de la Marina del Perú, le gustaban los reclutas, aquellos efebos que lo hacían gruñir de placer).
Yo era su adlátere, su chofer, su mayordomo, su secretario, su sombra. Compartíamos muchas horas juntos, muchos secretos y si me permiten develar uno, compartíamos a su mujer. La primera vez que comí la fruta del jardín prohibido ocurrió cuando lo traje a su casa (una mansión en uno de los mejores distritos de Lima, signo exterior de riqueza que delataba que cuando era jefe de la zona de emergencia en la selva peruana, obtuvo pingües ganancias en alianza con los narcotraficantes de la zona. Los narcos lo habían declarado hijo predilecto, mi hermano del alma, pataza y lo forraban en dólares y en cocaína para su consumo), estaba ebrio y lo ingresé hasta su habitación cargado. Nos había recibido Gabriela, su esposa, una diosa de 40 años, en una discreta bata transparente de color melón que me dejó atónito. Se puso roja de ira o de vergüenza. Al final me dijo gracias César, por favor no te vayas, te invito un trago. Yo me sorprendí y luego de un análisis bélico de la situación accedí. Me sirvió wiskhy con hielo, ella se sirvió otro tanto y se sentó frente a mí. Estaba con la bata que se resbalaba de sus poderosos muslos y dejaba un camino para la imaginación que iba a exacerbar el bendito licor. Me dijo que estaba harta, que no tenía vida marital, y tenía que soportar las humillaciones de sus vicios. Y tenía un gran temor de contraer Sida porque ya lo había descubierto con amantes masculinos. Se le habían perdido unas batas y ella pensaba con mucha buena fe que era porque se la regalaba a sus amantes féminas de mala muerte hasta que una vez regresó a su casa de un viaje, días antes de lo previsto y encontró a su marido el comandante Salvatierra, el más macho de la Marina del Perú, vestido con su bata melón en arrumacos con un joven atlético de corte militar. El esposo la gritó y le dijo lárgate, no hagas escándalo. Tú no has visto nada y otra vez avisa si vas a venir antes.
Gabriela sirvió la segunda ronda de licor y puso música. Me dijo César, hace tiempo que no bailo, podemos bailar. Señora, le dije, yo no sé que hacer. Ella me tomó de la mano para bailar y me dijo, no me llames Señora, llámame Gabriela. La sala era grande, su culo era grande, sus tetas eran grandes y mi deseo empezaba a crecer para alcanzar esos tamaños. No quise ser imprudente y por si acaso la dejé tomar la iniciativa, no vaya a ser que un marino (el colmo) se lance a la piscina sin agua. Bailamos al compás de una música y se me acercó como la serpiente del paraíso. Mi serpiente ya pasaba de gel a sólida. Gabriela me dijo estoy desesperada César, con una voz que me erizaban los pelos y se puso a llorar en mi hombro. Necesito sentirme mujer y a alguien que me haga sentir mujer. Luego me besó furiosamente y comenzó a resbalar por mi pecho para pintar con su saliva cada centímetro de mi piel. Con ello cumplía el ritual de la adoración y luego se prendió del mástil que acostumbro llevar siempre conmigo, y sentí un vacío de succión que me desorbitó, me sentí en el infierno total, porque allí es donde están los placeres máximos. Y Gabriela seguía en un intento obsesivo de succionar una savia vital que yo debía proporcionarle. Ese día me enseñó como es que una mujer puede ser declarada Perita en ese difícil arte, sin temor a endilgarle ese merecido título. Finalmente inundé sus labios con el icor que buscaba y gritó, se jaló los cabellos, me hundió las uñas, me mordió. Luego fue al baño y al regresar me dijo César, gracias, no sabes cuánto ha significado esta noche para mí. He vuelto a vivir. Hasta había pensado en suicidarme.
Desde hace años sueño que me violan, me acorralan varios desconocidos pero cuando van a violarme, nunca ocurre el evento y me despierto mojadita y como casi nunca está mi marido me dedico a disfrutar de los placeres individuales, egoístas, onanistas.
Después tuvimos innumerables encuentros en su casa, en su cocina, en la escalera, en la biblioteca, en la piscina. Me pedía que ingrese en ella a la fuerza, le excitaba la violencia. Cada vez me sorprendía gratamente, me trataba como rey. Se arreglaba y se ponía mucho más bonita para mí. Alguna vez le compré un vestido, y me dijo, esto merece un strip tease, puso luz de penumbra, música suave y se movió como una puta sólo para mí, se quitó su vestido y luego se puso, con un exquisito arte de cabaret, el vestido que yo le había traído. Luego lo destrozamos para dar rienda suelta a nuestros más bajos instintos. Eso, con los más bajos instintos se llega a las cumbres más altas en el sexo y en el amor. Pero les diré que no todos los vestidos que le regalé los destrozamos juntos, algunos los destrozó ella sola cuando pensaba en mí y los horadaba ferozmente en un intento poético de recrear un estupro total.
Cuando éramos una pareja total, y nuestra felicidad solo era empañada por la presencia inoportuna del comandante Salvatierra, ella me pidió que lo matara, me dijo que él tenía un buen seguro de vida y con eso podríamos vivir felices para siempre.
En verdad él nos estorbaba. Yo tenía todas las ventajas, conocía todos sus movimientos. Lo traía, la mayoría de veces, inconsciente a su casa. Estaba fácil. La idea era matarlo sin dejar huella. Entonces aparentemente desde todos los frentes la orden era matarlo.
Mis jefes me prometieron que podían desaparecerlo, primero yo lo mataba, luego ellos se encargaban de incinerarlo en un hornito y luego esparcirían las cenizas en alguna carretera. A la mierda con el quinto mandamiento.
El día llegó, estaba decidido. Pero extrañamente mi conciencia apareció para estorbar mi frialdad. Cómo era posible que yo le fallara al comandante así, tan deslealmente. Yo ganaba un buen sueldo como su asistente y mi trabajo no era pesado. Hubo épocas en las que fuimos amigos y alguna vez me aconsejó en alguna encrucijada personal. Si mis jefes querían que muera el Comandante ¿porque me encargaron precisamente a mí esa tarea? Y lo peor de todo es que me convenía que muera para ser felices con Gabriela. Empecé a cuestionar mis principios, la moral, la ética.
Él confiaba plenamente en mí y además siempre iba armado con una pistola. Debía tomar mis precauciones. Lo iba a matar de un tiro en la nuca en una carretera desolada porque ese día me había pedido que lo lleve a su casa de campo. Seguro que tenía alguna cita con una chica o un mancebo. En el camino me dijo César te doy un datazo, para tener un buen sexo, embadúrnate la cabeza del pene con clorhidrato y también a la vagina de tu pareja. La idea es que se van a anestesiar esas zonas y van a tener la sensación de tener unos genitales inmensos y eso les va a permitir un máximo placer. Le dije gracias mi Comandante, los tomaré en cuenta. Mientras yo pensaba, el Comandante pensando en placer y yo en el tiro en su nuca. Pero las cosas ocurren de otras maneras a cómo las planificamos. Yo cometí un craso error ,subestimé al Comandante.
Debí haberlo matado pero no tuve el alma de asesino para hacerlo y hoy, que paradoja, soy apenas un alma.
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