lunes, 24 de junio de 2013

CUENTO CORTO: "PARA LUSTRARTE MEJOR" DEL BLOGGER ALFREDO GUERRON

Siempre me gustaba salir a trabajar con la camisita limpia, era la del colegio. Pero esta vez se estaba acabando el jabón, mamá había decidido que primero era asearse y mejor era lavarme la cara. Mis clientes sí iban a disculparme la camisa un tanto sucia pero creo que no, la cara. Mamita me despertó para desayunar, estábamos de vacaciones y se acercaba Navidad. Les digo de paso que para mí, mi mamá es exactamente el amor de Dios, ni más ni menos. De mi papá nunca les voy a hablar porque cuando lo recuerdo me pongo muy triste y se me hace un nudo en la garganta, sólo tengo los peores recuerdos de él y más vale olvidarlo para siempre.
Cuando nos reencontramos con mi mamá en la noche ella me hace cariños, me pasa sus manitas por mis mejillas y me dice que me quiere y eso es lo que más me alegra el corazón y hace que recuerde que quiero convertirme en el mejor lustrador de zapatos del mundo para comprarle una casita a ella que se lo merece.
Antes de salir me alcanzó un tecito que sabía a todo el amor del mundo y un pancito de ayer. Luego ella dejó a mis hermanos menores en el "huahua" y se fue a lavar ropa . Yo soy el hijo mayor, ya voy a cumplir 8 años. Mamá me dijo, anda hijito a ver si conseguimos algo de platita. Y salí con mi cajita de lustrar zapatos, que a esa hora no me pesaba nada. Me subí a un ómnibus y le rogué al cobrador que me aceptara la única riqueza de que disponía en ese instante, 20 céntimos. Dios le tocó el corazón y así pude llegar a mi destino, el centro de Lima.
Me bajé en la avenida Abancay y le ofrecí a Diosito mi trabajo del día, como me había enseñado mi mamá. Me acerqué a una pared y revisé mis materiales, la caja de lustrar estaba buena, los betunes ya estaban por acabarse, el trapo estaba bueno, el tinte estaba a medio terminar, pero lo que sí me entristecía era la escobilla que estaba raída y parecía muy viejita. Pensé que no debía perder tiempo y trabajar lo más pronto posible porque en los siguientes días tendría que hacer gastos extras para reemplazar mi material y a lo mejor no quedaba nada para ayudar a mi mamita.
Fui a la salida de un banco y un caballero aceptó mi pedido de embellecer sus zapatos. A mí me gustaba lustrar, transformar unos zapatos sucios en el orgullo de cada quien. El cambio era espectacular. Los señores se acercaban a mí un tanto avergonzados por sus zapatos sucios y luego los veía alejarse felices y yo, modestamente, había contribuido con mi granito de betún a esa alegría. Empecé con el caballero, el primero de la jornada, lustrando, primero para sacar la tierra y veía a mi escobilla gastadita y me daba pena y pensaba que fuera que alguien me regalara una nueva. Luego embadurnaba con betún primero un zapato y luego el otro y finalmente sacaba brillo nuevamente con la escobilla que cada vez me entristecía más. Para el final reservaba la maniobra que me habían enseñado los capos, que decían que el secreto de una buena lustrada era finalmente hacerles cosquillas a los zapatos con el trapo de franela y que se rieran dejando escuchar el "chuic,chuic,chuic". El señor me dió un sol en vez de 50 céntimos y miré hacia el cielo y agradecí a mi diosito de siempre. La mañana pintaba bien. Seguí caminando por el jirón Carabaya y el olor a comida me distraía y me decía ojalá que consiga algo más para la comidita de mi madre porque la veo cada vez más flaquita y tengo miedo de que le pase algo. La gente entraba y salía de las tiendas, compraban lindos regalos, se acercaba Navidad.
De pronto una dama, con dos casi jóvenes, me pidió el servicio. Que suerte que habían salido con zapatos. Han de saber que la abundancia de zapatillas está a punto de arruinar mi sueño de convertirme en el mejor lustrador de zapatos del mundo y ha hecho que mi horario se haya extendido. Ahora, trabajo de 9 de la mañana hasta las 6 de la tarde. El que inventó las zapatillas seguro que odiaba a los niños como yo porque nos arrebató poco a poco nuestro trabajo. Decía que les lustré a los dos, casi jóvenes y escuché que le preguntaban a su mamá porque un niño tan menor tiene que trabajar. Pues porque soy responsable, en vez de estar jugando y perdiendo el tiempo, yo ayudo a mi mamita y a mis hermanitos. Que cosa ? No faltaba más. Las medias de los jóvenes eran muy bonitas y me cuidé de no ensuciarlas. Me pagaron y luego me invitaron un jugo de frutas y yo pensaba, quisiera llevármelo a casa para compartir un poquito aunque sea con mi mamá y con mis hermanitos. Pero al final me lo tomé, ya no gastaría en mi almuerzo.
Entré a la Plaza de Armas, mi caja de lustrar ya me pesaba más y me dolía un poquito la espalda y me daba ánimo diciendo para mí, Raulito ya comienzas con tus engreimientos. La Plaza lucía el arbolito y un nacimiento. Y pude lustrar varias veces ( había sido un día muy provechoso ) y cada vez que lustraba, trataba de disimular la vejez de mi escobilla porque sino me daban ganas de llorar. Caminé por el jirón De la Unión y ví los helados, hacía calor, con un sol que me abrasaba y me abrazaba, quería un helado, pero no quise ser egoista, y pasé de largo.
Casi al final del día le ofrecí mi trabajo a otro señor, aceptó y decidí hacer mi obra maestra del día. Me concentré y agradecí a Dios por mi última lustrada del día y por mi linda familia; y lustré como se debe, como me había enseñado mi primo. Al final los zapatos del señor no parecían, eran nuevos, ese milagro lo hacía yo muchas veces. El señor me pagó 2 soles.
Doblé por la avenida Emancipación y entonces le pedí un regalo de Navidad al niño Dios, una escobillita nueva, lo único que te pido diosito. Ya eran las 6 de la tarde y me regresaba a casa, y de pronto ocurrió el milagro, el verdadero. Pasaba cerca de unas bancas del ornato de la avenida y descubrí a un trabajador de la municipalidad que con un rodillo estaba pintando las bancas con pintura marrón y saqué mi escobilla y le pedí que me la pintara. Aceptó mi pedido, tomó mi escobillita y poco a poco y con gran cuidado empezó a pintarla hasta que terminó. Y de pronto, mi escobilla se convirtió en nueva . Tendrían que haberla visto. Les juro que fui muy feliz. Le agradecí y me quedé esperando a que secara la pintura y profundamente agradecido me pregunté...¿ cómo no iba a creer en el niño Dios ?
(alfredo guerrón).

CUENTO CORTO: "TAXISTA A PLAZOS" DEL BLOGGER ALFREDO GUERRON


Yo soy taxista desde hace 10 años. La empresa donde trabajaba quebró y felizmente con mi despedida me dieron una indemnización que me sirvió para comprarme un auto y trabajarlo como taxista. A los 3 años unos tipos, que no parecían malhechores, me pusieron una navaja en el cuello y me quitaron toda mi fortuna. Nunca recuperé mi herramienta para enfrentar a la vida con más ilusión. Desde entonces cada vez que puedo, consigo a alguien que me dé en alquiler un auto para trabajar diariamente.
Hoy es domingo y quiero trabajar para encontrarme a mí mismo. Ya no tengo a nadie, mis hijos han viajado al exterior y mi esposa me ha abandonado. Me han dado en alquiler un automóvil Toyota sedán (a propósito se han dado cuenta que en los suicidios, el detective siempre debe buscar el auto-móvil. Esa anécdota es buena, se me ocurrió sólo porque soy taxista) y salí a recorrer la ciudad de Lima para conseguir algunos clientes. Les diré que las Plazas, más que las calles, siempre me han fascinado, por su belleza, por su forma, por su obligación de aduana del tráfico. Pasé por la Plaza del distrito de San Luis, que une a las avenidas Aviación, Arriola y San Juan. Esta es una Plaza ovoide, bastante descuidada y con unos monumentos poco famosos. Circundé la plaza y fui a llenar el tanque de gasolina de mi carro en un grifo del contorno. Mientras llenaba el tanque, pensaba en cómo se puede conocer una Plaza bastante bien. Y me respondía, poniendo tu humanidad en ella, llorando en la plaza algún amor extraviado, descansando en un día de sol, leyendo el periódico una mañana de domingo, quedarse en la Plaza viendo pasar a los autos, y sobre todo, certificando que el mundo da muchas vueltas. Pagué por el combustible y salí en primera, avancé una cuadra y volteé en U para regresar a la Plaza. Por alguna razón imánica ingresé a la Plaza e inicié un recorrido que transformaría mi manera de ver al mundo. Me coloqué muy cerca al borde de la acera de la Plaza y empecé a dar vueltas. Estaba concentrado en el trayecto y de vez en cuando veía a los conductores que pasaban cerca a mí. Seguí con la segunda, tercera y cuarta vueltas. Nadie se dio cuenta de lo raro de mi camino. Ví las bancas en varios ángulos, a una pareja besándose en todos los perfiles, al monumento que me miraba fijamente, luego con el rabillo de sus ojos y finalmente el monumento me perdía al darle la espalda para a continuación volver a verme. Los edificios de los contornos tenían otros detalles que no había observado en las primeras vueltas, era increíble, parecía que los dueños se apresuraban en cambiarlos en cada redondel que dibujaba. Yo seguía dando vueltas y aparecían nuevos personajes, un heladero que se estacionaba, que vendía su algidez y que luego iniciaba el éxodo para una vida mejor. Unos jóvenes esperaban un ómnibus de servicio público para que los llevara a una reunión agradable que se adivinaba en la expectativa de sus ojos. Yo los veía que se acercaban y luego se alejaban y al volver a verlos estaban en diferentes órdenes y me preguntaba si eran los mismos o no. Es que el orden importa, yo tenía un orden tenía un recorrido fijo, yo sabía cómo empecé este negocio pero no sabía cómo iba a terminarlo, en todo caso no lo premedité, que conste. Yo seguía dando vueltas y poco a poco me convencía que eso era lo que quería y nadie tenía que criticarme por ello. Cuando pasaba por el mismo lugar se me ocurría que no había pasado el tiempo y que no había envejecido. Y eso me seducía tremendamente. Continué mi recorrido y recordé las tantas veces que cumplí ciclos en mi vida, me divorcié dos veces, perdí mi trabajo en tres oportunidades, los ciclos de todos los días que viví, las veces que me perdonaron antes de volver a agredir a mis seres mal queridos, los libros que leí en repetidas oportunidades. Seguí dando vueltas y sonreí. Me pregunté, porque no me voy, porque no salgo del ruedo. Ya no podía irme, esa era la pesadilla (¿o la felicidad?) que tantas veces me acosó hasta acorralarme y que hoy tenía la brillante oportunidad de cumplirse. Hay destinos que son circulares y más exactamente, ovoides. Seguí dando vueltas y algunas personas se dieron cuenta de ese proceder que les resultaba absurdo, les resultaba incómodo, les recordaba cuán cuerdos eran y eso es subversivo. Empezaron a avisar a otras personas que había un auto con un camino raro con un chofer inescrutable, pero que lo más probable es que estuviera loco. Algunos aplaudían cada vuelta que terminaba o que empezaba. Empezaron a aglomerarse, de pronto fui famoso, me había convertido en un reality. Pero ellos se desilusionaban, cuando se percataban que lo mío, iba en serio. Y cambiaron el tono de la alarma, cuando lanzaron el alerta de peligro y avisaron a la policía. Saben, yo no le estaba haciendo daño a nadie, yo me cuidaba de no estorbar al tráfico. Por último, no está prohibido dar vueltas a una Plaza. Pero me quisieron detener. Entonces ví a un camión que ingresaba a la Plaza, aceleré lo más que pude en la primera vuelta, me había transformado en la imaginación de esos trasnochados denunciantes, frenaba en las curvas, mientras no perdía de vista al camión, e inicié la última acelerada para impactarlo justo en la curva. Me enclavé debajo de su chasis, pero el golpe me despistó y con mi auto dí varias vueltas de campana. Vueltas, vueltas y más vueltas.

CUENTO CORTO: "RICARDO CUORE" DEL BLOGGER ALFREDO GUERRON

Supuestamente tengo una vida regalada porque me han obligado. No necesito trabajar para procurarme el sustento. Me paso la vida caminando, observando, descansando, tomando el sol y sospecho que me miran y me han tomado en serio. He crecido amamantado por mi madre, ella me adiestró en muchas artes que nunca pude poner en práctica. Sé que mi padre fue un tipo hosco, violento y se creía el rey del mundo. El tuvo muchas hembras a su disposición, mi madre apenas fue una receptora de sus genes y de que gozó, gozó porque mi padre fue un súper macho. Y yo soy apenas el hijo de Ricardo. 
Mi padre, Ricardo, fue admirado, entre otras cosas por su tremenda fortaleza, pero de que le sirvió si nunca fue libre y ni siquiera se sintió libre alguna vez. En su descargo diremos que tuvo grandes ataduras. 
Ahora que veo el alba cada día y bostezo; pienso que esto aburrió a mi padre hasta la desesperación. El paisaje cercano presenta cambios mínimos como siempre y eso no excita a nadie. Su tragedia es que por todo ello tuvo la razón y por eso precisamente la perdió. 
Para sobrevivir mi padre debió imaginar un mundo diferente lo suficiente para que se le empezara a entreverar con la realidad; lo suficiente para que las visiones salvadoras lo obnubilen y lo obliguen a ser feliz. Pero papá no tenía alma de artista. La locura no estaba en sus planes. 
Caminar sin rumbo en un espacio cerrado es perder la ilusión a cuentagotas, es alimentar la desesperanza y aunque dicen que es bueno para el corazón, a mi padre, eso entre otras cosas, le destrozó el corazón. La comida fácil, el sueño de muchos no es ninguna ventaja cuando lo es para siempre. A papá lo derribó arteramente, le violentó su tremendo orgullo. Que fácil le resultaba comer. Y luego esperar impacientemente el paso de las horas, doblar la cerviz y esperar a que el mundo se muera una y otra vez. Mi padre se olvidó de soñar o tal vez nunca aprendió. 
Porque soñando hubiera salido de esta puta jaula aunque sea por unos instantes porque han de saber para su desilusión que los barrotes de mierda de un zoológico no bastan para detener al rey de la selva.

CUENTO CORTO:"¿COMO PILATOS ? DEL BLOGGER ALFREDO GUERRON.

Estaban allí convocados alrededor del penúltimo lecho, cada uno con su ansiedad proporcional al grado de hijo que sentían y tenían especial curiosidad por escuchar las últimas palabras de su querido padre.
Decir que estaban unidos era una exageración. Pero irónicamente estaban re-unidos y se notaba en sus respiraciones las inmensas diferencias que siempre los habían caracterizado y que con el correr de los almanaques se hicieron más evidentes.
Eran 8, y ahora sabían que eran 4 medio hermanos de los otros y éstos decían, a su vez, lo mismo. Solamente eran hermanos perfectamente simétricos : 4 y 4. Su padre habíase casado con una primera esposa y luego de enviudar decidió reincidir con una fortuna igual en todo : una esposa y 4 hijos. Estaban allí y no estaban. Los minutos pasaban y veían a papá que hacía esfuerzos cada vez mayores para capturar el aire que ellos sabían le estaban robando y de repente lo veían abrir los ojos y parecía contarlos, recordarlos, vigilarlos. Sentían el innegable orgullo de ser un número que finalmente integraría el 8, la tranquilidad penúltima de papá. Estaban seguros de que se alegraba por la presencia de todos y se disponía a reafirmar su autoridad, aún despidiéndose. Las salidas honrosas eran su especialidad y ellos la esperaban, claro que sí.
La ocasión podía calificarse de ténebre ( sí, se necesitaba una nueva palabra para describirla ). Era el fin, el olvido, la liberación, la regurgitación de los recuerdos, la oportunidad de desensuciar la memoria.
Crecieron con el hábito, implacablemente, impuesto de lavarse las manos. Para limpiarse primero, para librarse de los gérmenes ( ¿librarse? después aprenderían que se habían pasado la vida seleccionando a los gérmenes más fuertes ), para convertir el aseo personal en la obligación moral de cada día. Luego, el lavarse, constituyó una forma sublime de purificarse; significó acceder ,cada vez mejor , a la metamorfosis diaria, y perseguir inútilmente la albura. Todos los hijos aprendieron a conocer perfectamente sus manos antes que sus almas y a restregarse, lograr la eclosión del jabón y el manar de sus efluvios, producir la espuma, sentir que el agua se apoderaba de ellos y agradecer el milagro de lo cotidiano de separar lo artificial de lo natural y nuevamente la fusión, la confusión, como al principio de los tiempos.
Nadie se atrevió a contradecirlo y por eso cada vez resultaron los mejores cómplices para recrear la apabullante parafernalia de lavarse una y otra vez sin ninguna esperanza. Ahora podían preguntarse si lo que hicieron y lo que no hicieron estuvo bien.
Su padre sentía un especial placer al observar el espectáculo casero frecuente de sus hijos despojándose de la sordidez del mundo mediante, los que consideraba, los dos mejores aliados : el agua y el jabón.
Y ellos no recordaban en que momento empezaron a odiar los adminículos de higiene, las toallas nunca secas, el jabón reblandecido, y la sensación de estar permanentemente vigilados ante cualquier mácula que ultrajara sus manos para, a continuación, recibir la orden obsesiva de lavarse. Después se demostrarían para su mínimo equilibrio que no era necesario lavarse una y otra vez y que si las enfermedades tenían que llegar, pues llegarían.
Entre las muchas cosas que aprendieron, decidieron no involucrarse en las situaciones que demandaran decisiones difíciles ; decidieron también no adoptar responsabilidades y dejar pasar las cosas. Pero este comportamiento no fue absoluto. Eran grandes muchachos y abnegadas madres pero conservaban el estigma original, cual pecado adánico. Hasta podría decirse que eran buenos. ¿ Quién no ha tenido una marca original, casi bovina, infligida por sus padres ?
En sus trabajos y en sus casas, recordaban a su padre cuando realizaban el ritual de la purificación, y si alguna vez incubaron una actitud subversiva para contradecirlo, tuvieron que tragarse sus palabras cuando la epidemia del cólera le dió, a su padre, la razón entera y agobiante. Ese día exclamó triunfante :" Yo les dije muchas veces, lavarse es salud. Recuerden siempre lo que produce la cochinada". En adelante debieron lavarse hasta desollarse, hasta sentir la mudanza de la piel casi horaria, hasta que la epidermis fugara y sintieran un ardor especial, una nueva forma de sensualidad para relacionarse con el mundo. Por eso se decía en el barrio, en el trabajo, en las reuniones, que los Fuentes parecían siempre Nuevos. Nadie conocía la terrible verdad de repetir este ritual una y otra vez so pena de contrariar al armónico mundo de equilibrio de su casa cuyo centro de gravedad se había desplazado hacia su padre y permanecía en él.
Que interesante : Nuevos, con pocas responsabilidades, buenas personas, ilustrados e inteligentes. ¡ Qué bonita familia ¡
Se dieron cuenta que el cordón umbilical crecía inversamente proporcionalmente a la distancia que los acercaba a su padre. Y dieron con una solución : alejarse, frecuentarlo poco. Pero pronto sus parejas y sus hijos advirtieron que estaban reproduciendo maníacamente en sus hogares aquello de lo que tanto se quejaron. Recién se dieron cuenta que no podían escapar, estaban atrapados en la telaraña de la Higiene Mayor.
Recibieron de su padre, el mayor de los afectos y así lo trasmitieron a sus hijos. Fueron buenos padres. Pero invariablemente y sin darse cuenta, recordaban sus propias manos, el estigma, las veces en que se liberaron embarrándose de la podredumbre del mundo, el jugar en el fango, los carnavales. Y en el sexo la exploración cotidiana total, el sonrojo por todas las cosas que habían hecho y el remordimiento por la probable censura paterna sobre determinado acto no higiénico. Aprendieron que el fango tiene su atractivo, te ofrece una coraza para mimetizarte, te integra al grupo y precisamente a ellos les daba la razón : no enferma, no mata y no ensucia. Apenas embarra.
Y ¡Qué final ¡ ¿ Quién tenía la razón ?
Tanto haberse lavado para evitar que algo extraño ingresara a su cuerpo ( un riesgo mínimo ) para terminar compartiendo un extraño aparato de diálisis ( un riesgo muy elevado ) en el que los residuos de sangre de una y otra persona se mezclen, es decir cada vez recibir microtransfusiones de sangre.
¡ Qué irónica es la vida ¡ reflexionó una de sus hijas. Ahora para vivir, papá deberá ensuciarse internamente, una y otra vez, y no podrá lavarse. Qué increíble.
Estaban todos juntos como muy pocas veces, tal vez no volverían a reunirse y constituían esa mañana un himno familiar. Esperaban la despedida, la orden, el reproche...Eso era papá.
Y de pronto ocurrió lo poco que faltaba para que lo quisieran para siempre, la coherencia, el vivir lo que se predica, la priorización de las cosas aún en el postrer adiós. Su padre tomó aliento y pronunció, nunca más gravemente, lo que ellos hubieran querido escuchar : "No se olviden de... lavarse las manos" y expiró.
alfredo guerrón ojeda.

CUENTO CORTO:"TIRO DE GRACIAS" DEL BLOGGER ALFREDO GUERRON.

Tengo este Smith and Wesson cargado con seis balas. Lo he acariciado varias veces y en estos últimos tiempos he postergado la decisión de encaminar una bala sólo por cobardía. La valentía fue una enfermedad que se me ha ido curando con la edad. En los últimos años, un tiovivo me ha estado rondando la cabeza y su última parada, siempre, es mi sien derecha. La gente dice que soy un siete vicios y no tengo argumentos para contradecir esa opinión. Algunos pueden calificarme de un hijodeputa y se quedan cortos. Reconocerlo es lo único de honestidad que me queda. Me he pasado la vida burlándome de todo y de todos. Y aquí estoy lamentándome. No he tenido coherencia, porque debería morir en mi ley, ser un hijodeputa toda la vida y ser un hijodeputa al final. Sin lamentos. Sería admirable y me ganaría el respeto. En el juego de la vida debí jugarle aunque sea un boletito a mi hijo. Se me fue. Tuve la oportunidad en mis manos, incluso mi hijo me la brindó. Se acercó a pedirme ayuda al final de su carrera y como yo le había fallado, antes, muchas veces, me dijo, piénsalo pá, si no lo haces por cariño aunque sea juégate un albur, a lo mejor me va bien y yo podría ser tu bastón para la vejez. Y yo me molesté todavía, putamadre, me rasgué las vestiduras y le dije que cómo era posible que me dijera eso. Y le fallé en la última vez, era mi última oportunidad y no lo ayudé. Qué estúpido. Me ofreció una transacción, estaba fácil, incluso el monto que me pedía no estaba fuera de mi alcance, no debía invertir mucho. Pero no lo apoyé. Si lo ayudaba quedaba perdonado todo y se quedaba con una deuda eterna conmigo. Qué me hubiera costado ayudarlo aunque sea con alguito. Pero se me fue. Es que a mí tampoco me ayudaron. Ya sé que esto no sirve de justificación. Pero ya lo hice y tengo 80 años, estoy medio ciego y sobretodo, sólo. Hay una bala perdida en el tiempo que ya está encontrando su rumbo y que, inexorablemente, viene por mí. La gente dice que uno de mis peores vicios es jugar juegos de azar. Yo no lo considero un vicio, modestamente, es mi profesión, corrijo, es mi religión. Se supone que a través de muchos años de jugador profesional he desarrollado una intuición especial para descifrar esos códigos que están velados para los profanos y que permiten poseer, a los iluminados como yo, más probabilidades para ganar. Se suponía y en la jugada de mi vida, cometo ese lance, increíble. A mí, todavía. Se me fue la jugada maestra, la que hoy cambiaría mi vida y me permitiría acceder a la muerte entre los míos. Si dicen que al mejor cazador se le va la paloma, diré que al peor jugador, al más vicioso se le fue un águila, porque mi hijo se transformó en un águila y yo pude haberme cobijado ahora, aunque sea un ratito, bajo su égida, sobretodo hoy que más lo necesito. Pero con que cara voy a pedirle perdón, y ayuda. No me habla hace 30 años y tiene toda la razón. Me lo he ganado. He agredido impunemente durante muchos años a su madre, a sus hermanos y a él. He desprestigiado el apellido, lo he relacionado con deudas, con estafas, con inmoralidades. Soy un paria y no puedo pretender ahora reinvindicarme. ¿ Cómo me recordarán en Sullana ? como el alcahuete de los Generales. Es que yo llegué a grandes alturas. Puta, qué tal título, pero es lo máximo que he hecho. Les diré que en los tiempos del gobierno militar yo me ganaba la vida como proxeneta, poniéndoles hembras a los militares y me pasaba de rastrero (recién me he dado cuenta) dirigiéndome a ellos como "mi general". Es demasiado tarde. Ya no se puede retroceder lo vivido. Y todavía pienso, que imbécil conchesumadre. Me pude haber asegurado con mi hijo. En que mierda estaba pensando. No lo veo hace 30 años, no conozco a mis nietos y por supuesto ni siquiera han querido conocerme. Sé de sus venas artísticas y de sus triunfos que no son míos definitivamente. Ya no existo. Vivo en una covacha. Y para colmo hace una hora, el destino, inclemente, ha tocado mi puerta, ha aparecido como una mano que parecía de apoyo pero que a la vez me ha lanzado la última bofetada. Me ha dado el aliento que me faltaba. Mi hijo ha venido a verme con dos hermosos jóvenes, mis dos nietos, a decirme que todo está olvidado, que no ha pasado nada y que quiere que viva con ellos. Y esto, es demasiado para mí. Le he agradecido con las únicas lágrimas que me quedaban, y le he dicho que por favor vuelva en la tarde a recogerme, mientras empaco algunas cosas, para irnos. Sin que él se lo proponga, me ha reducido a la mínima expresión, ya no queda nada de mí, es el adiós. Me siento una alimaña. Pero tamaña nobleza no puedo menos que corresponderla que con este tiro en la cabeza.
(alfredo guerrón)

CUENTO CORTO: "¡¡SANTO DIOS¡¡" DEL BLOGGER ALFREDO GUERRON.

Carlitos entró excitado y corriendo a su casa de la calle Alfonso Ugarte en Sullana, una ciudad del norte del Perú. Buscó a su mamá Tarcila que en ese preciso instante se hallaba cocinando un plato de cau cau (vísceras de estómago de res en guiso), el plato preferido de él. Y le dijo, mamita debo decirte un secreto: Don Pedrito es un santo. Su mamá sonriendo le dijo ¿Por qué? Y el niño de apenas 11 años le dijo, mamá, tú conoces a mi amigo Eddy y yo te había contado que su mamá estaba muy grave en el Hospital de Sullana, prácticamente estaba desahuciada. Pues yo estaba desesperado por la angustia de mi amigo por la cercanía de la muerte de su madre. Y un día caminando me pregunté quien es un hombre bueno, quien no hace daño a nadie, quien no molesta a las personas. Pues Don Pedrito, no había otro. Y me arrodillé en mi cuarto a la hora de dormir y le recé con todo fervor y le pedí a Don Pedrito que interceda ante Dios para que se cure la mamá de mi amigo. Y qué crees mamita, la señora Gracielita se ha curado. Yo le dije a mi amigo que yo había orado mucho a un santo especial y que él me había hecho el milagro. La señora Tarcila sonrió con paciencia y le dijo, ven hijo, mira eso que ha ocurrido se llama coincidencia. Yo estoy de acuerdo con que Don Pedrito es un hombre bueno pero de allí a que sea un santo hay una gran diferencia. Además está vivo, ese es el principal inconveniente. No existen santos en vida, salvo el Papa, los obispos, los párrocos. Carlitos nunca quedó convencido con esa explicación. Había un tremendo problema, él rezó y el problema se solucionó. ¿Dónde estaba la coincidencia?
Carlitos se lavó las manos y se sentó a la mesa para saborear el manjar que había preparado su mamita para él.
La señora Tarcila se quedó pensando en el tema. Después pasaron los días y continuó la rutina. En pocas semanas la señora Tarcila tuvo entre manos un problema muy grande, había confiado en una vecina, la señora Mechita, amiga de años y le había dado en préstamo un capital que representaba sus ahorros de muchos años. Ella la había convencido que ese dinero le reportaría pingües ganancias en un plazo máximo de 7 días. Tarcila estaba desesperada, ya habían pasado 15 días de ese pacto y la señora Mechita había viajado a Lima y no regresaba. En una noche de pesadumbre se arrodilló (después se arrepintió no de sus pecados sino del dolor de rodillas al levantarse) y le rezó a Don Pedrito con aquel fervor febril de los acreedores. Pidió que aunque sea le devuelva el capital que no importaban los intereses. Sintió vergüenza por ello, pero se dijo a sí misma, no pierdo nada. E increíblemente, al día siguiente, la señora Mechita se apareció con el dinero y con sus intereses de ganancia y se disculpó por la demora. Tarcila empezó a dudar y a tener fe.
No quiso contarle a su hijo esa otra coincidencia porque consideró que estaba en formación y esto podía ocasionarle desconciertos en su fe católica, pero sí se lo contó a su comadre Juana. Ella la escuchó atentamente los dos testimonios y le dijo, no sé que pensar, una coincidencia pasa pero dos, además, cien por ciento de efectividad. Tarcila no reparó que contarle a su comadre era igual a publicar la noticia en los diarios o propalarla por la radio. La noticia cundió en la ciudad. Algunos se reían pero otros lo tomaron más en serio e incluso se persignaban al pasar frente a la puerta de la casa del nuevo santo.
Don Pedrito continuó con su rutina, lo veían pasar a las 6 y 30 de la mañana rumbo a la iglesia para asistir a la misa cotidiana de las 7 de la mañana. A todos los saludaba con su clásico “buenos días de Dios”. Comulgaba diariamente, al salir compraba su pan en la panadería “tres estrellas” y se recluía en su casa. A mediodía le traían un almuerzo del café Grau. Y después no se sabía de su existencia. La gente especulaba. Seguro que para rezando. No se le conoce pareja, ni vicios. No hace ruidos, se ha aislado del mundo pecador. Si no es un santo, le falta muy poco.
En los siguientes días se acercaron a casa de Tarcila otras personas. Don Julio le dijo, he vuelto a tener noticias de mi hijo después de un año y estoy agradecido a Don Pedrito. Ahora sé que mi hijo está bien de salud. Doña María le dijo, a mi mamá la han operado y le pedí a Don Pedrito que salga bien de la operación, y felizmente ha salido bien. Doña Gilda pidió algo más modesto, que su hija salga invicta en las notas del colegio, es decir que no tenga cursos desaprobados y la jovencita salió con buenas notas. Y los ecologistas como Don Mario pidieron que no haya diluvios como hace 2 años que causaron grandes daños y ahora se estaba presentando una sequía, se le había pasado la mano a Don Pedrito. La ciudad estaba conmocionada y la noticia se estaba regando como música de zancudos.
El padre Firmato en la homilía del domingo aprovechó para aclarar que el asunto de la santidad no es una cosa de juego y que sólo la iglesia puede dar ese título después de un riguroso proceso. La gente escuchaba al padre pero no le hacían caso.
Y llegó un día viernes en que nos reunimos las madres y algunos varones en el local comunal para tratar asuntos de interés social y para orar en comunidad. A la hora de rezar, les diré que yo estuve presente. La gente cada vez daba más testimonios sobre los milagros de Don Pedrito. Y una señora dijo, amigos Don Pedrito es un santo raro, está vivo. Otra dijo, pero ya tiene más de 80 años, ya está por morirse. Otra señora dijo, disculpen, pero yo lo veo paradazo, muy saludable, yo dudo que se muera pronto. A lo mejor hasta nos entierra a todos. La señora Eduviges, tomó la palabra y expresó, necesitamos renovar nuestra fe, la burocracia eclesial y celestial se ha amodorrado, se ha aburguesado. Siempre un nuevo mensajero, un intercesor avispado necesariamente provocará la atención, así que nuestro santoral está esperando a un nombre y a un hombre especial. La decisión es nuestra.
Y de pronto, una voz tímida propuso la solución indubitable con una pregunta, ¿y si le pedimos a Dios para que se muera Don Pedrito? Se hizo un silencio en el local, estábamos presentes casi 100 personas.
Y el espíritu, se difundió con un hálito de complicidad, de cinismo y de ausencia total de escrúpulos, y habitó entre nosotros. Y se empezó a escuchar un murmullo que devino luego en un coro enérgico de preces que hasta hoy retumba en nuestras conciencias: “Padre nuestro, que estás en los cielos, santificado…”

CUENTO CORTO: "SALUD PARA TODOS" DEL BLOGGER ALFREDO GUERRÓN.

Alberto recibió la llamada de su amigo Carlos y éste lo invitó a visitar por la tarde a una de sus farmacias, una más de su cadena de establecimientos comerciales dedicados a ese rubro, que poseía en Lima. Conversarían al frío de unos whiskies. Convinieron para las 3 de la tarde. Alberto apagó el televisor, se duchó y se dispuso a salir. Mariella su esposa le preguntó, a dónde vas, y él le dijo la verdad. Salió en su auto, puso un disco compacto de Joaquín Sabina, se escuchó la canción “Más de cien mentiras” y enfiló por varias calles. Lima le pareció distante y aburrida.
Por fin llegó. Se acercó a la farmacia y la vió imponente. Estaba ubicada en el distrito de San Borja, donde moraban personas de clase alta. Lo vió a Carlos y se saludaron efusivamente. Carlos estaba feliz de lo bien que le iba en los negocios y en su vida de casado. Alberto le dijo que tenía su último libro de cuentos en imprenta y que tenía fundadas esperanzas de que le iba a gustar a la gente. Lo invitó a pasar a una oficina de lunas polarizadas que ubicada discretamente en un extremo del ambiente de la farmacia, permitía dominar el escenario y controlar la marcha del negocio. Se sentaron en unas sillas cómodas muy altas frente a una mesa, muy alta también y Carlos sirvió dos whiskies para empezar y presentó unos bocaditos.
En eso Carlos le dice, Alberto, ves a ese viejito que viene hacia acá, es Don Andrés. Entonces Carlos juntó sus manos tiernamente, tratando de atrapar a Dios, y le dijo, yo le pido a Dios que Don Andrés no se muera nunca. Alberto conmovido por la extraña y piadosa confesión, aunque quedaba la duda de etiquetarla además de sarcástica, le preguntó sonriendo, porqué. Y Carlos le comentó, cholo, Don Andrés es un jubilado. Debe ganar al mes unos 900 nuevos soles de Perú (unos 300 dólares). Y lo increíble es que su día de pago, que generalmente está programado dentro de la primera quincena de cada mes, cobra y viene a mi farmacia y gasta el íntegro de su mensualidad en medicamentos para la hipertensión, para el colesterol, vitaminas y para la artrosis. Se queda sin ni un solo centavo.
Alberto, comenzó a entender, ahora sí, el sarcasmo y le dijo, cholo, pero no seas malo, acaso nunca se te ha ocurrido explicarle a Don Andrés que existen medicamentos genéricos que son de igual calidad y de mucho menor costo. Con esa información, el viejito ahorraría y le quedaría dinero para otras necesidades. Carlos le dijo, ya le he dicho hermano, pero no entiende, él dice que lo barato sale caro y que lo último que haría es desacatar una orden médica. Además que no le puedo insistir demasiado porque le puedo caer pesado y puede terminar comprando todo en la farmacia de enfrente. Alberto, le dijo, dirigiendo la mirada a lontananza y soñando ese día, cómo me gustaría tener unos 50 clientes así como Don Andrés, ya no abriría todos los días, sería un trabajo por la puras. Esperaría el día de pago de los gerontes, ese día les invitaría un almuerzo a todo dar y después que me entregaran sus sueldos, ganaría, en un solo día, 5,000 dólares. Tú sabes que mi ganancia es 30 % del total. Además, me ahorraría gastos en personal y otros rubros. ¡ Salud, mi hermano ¡
César, estaba en una zona rural, en el poblado de Cerro Blanco, situado en la carretera hacia Huaraz, una bella ciudad de la sierra norte del Perú. Estaba cumpliendo el SERUMS (el Servicio Urbano Marginal de Salud), que es una obligación para los médicos peruanos. Al graduarse los galenos están obligados a trabajar un año en zonas rurales. El villorrio no tenía calles asfaltadas y apenas tenía 6 manzanas en total, con su Plaza de Armas por supuesto. En el pueblo se había corrido la voz de que la plaza se llamaba así en honor a un hijo de Cerro Blanco, Don Francisco de Armas, quien hace muchos años, inició una travesía a lomo de bestia desde Cerro Blanco hacia Huaraz, para hacer camino al andar, a la cual llegó después de muchos días. Lo trágico es que contrajo una fiebre que después causó su muerte. Y en su homenaje le llamaron a la Plaza del pueblo con su apellido. La verdad es que esa historia nunca se comprobó ni se desmintió. Algunos jovencitos del pueblo que ya estaban estudiando secundaria se mofaban de ese relato y lo llamaban la tomadura de pelo de la historia.
César, era el médico del pueblo y no se merecía ningún respeto de los aldeanos. Él nunca se preguntó porqué, solo se acostumbró a sentir el desprecio cotidiano como una especie de saludo. Él permanecía trabajando de lunes a viernes en la aldea y los sábados iniciaba la travesía, que equivalía a una hazaña, hacia la ciudad de Paramonga para no olvidarse de la civilización. Caminaba dos kilómetros hacia las afueras del pueblo y se sentaba en un murito, a esperar impacientemente el paso de algún auto, camión o camioneta para pedir que lo saquen de ese atolladero. En una ocasión, pasó un camión que llevaba trabajadores de zafra de caña hacia la ciudad. Paró cerca de él, corrió y le pidió al conductor que lo lleve. Le dijo, amigo, soy el médico de Cerro Blanco y quisiera que me lleve, le pagaré. El chofer le dijo que no lo iba a llevar. César, pensó que era broma, y trató de aclarar la solicitud. Le dijo, disculpe, yo no deseo que me lleve en la cabina de pasajeros, que dicho sea de paso estaba vacía, aunque sea lléveme en la tolva de atrás. Y el chofer con todo el placer del mundo le dijo, no lo voy a llevar. César lo miró desconcertado, y ese día certificó el odio de los villanos hacia él o tal vez hacia todos los médicos. Lo volvió a mirar y recordó para siempre esa cara de sevicia con una extraña cicatriz en la frente que le cruzaba como un cauce y que le daba un aspecto de maldad que en ese momento lo graduaba de experto en esos menesteres.
César se lamentó de estar en esa situación. Y pensó, que huevón, yo pude haberme exceptuado de este Servicio de mierda, pero quise venir a servir a mi país y miren el trato que recibo de estos indios hijos de puta. La única esperanza era que el servicio duraba un año y ya le faltaban tres meses.
César esperó tres horas a la vera del camino y finalmente un ingeniero, muy gentilmente, lo llevó en la parte de atrás de una camioneta y tuvo la brillante oportunidad de sentir el frío (más ¿escalofriante?) de su vida provocado por la velocidad, la tolva descubierta y la ausencia de abrigo (apenas tenía puesta una chaqueta blanca de manga corta y muy delgada).
Pasaron los meses y un jueves a las 4 de la tarde, César estaba leyendo una revista en la sala de emergencias del Hospital Rural. Y agradecía la experiencia de haber realizado operaciones como la extirpación de apéndice y alguna cesárea. Con lo cual ya había salvado algunas vidas.
De pronto se escuchó que llegó una moto al pueblo y se estacionó frente al Hospital Rural. Bajó un joven y ayudó a entrar a un señor que caminaba a duras penas. El joven dejó sentado al doliente e ingresó gritando, doctor, doctor, por favor salve a mi padre, tiene un cólico que lo está matando. César le dijo al enfermero que lo traiga en silla de ruedas al paciente y lo coloque en una camilla. Luego se acercó a atenderlo, el paciente se retorcía de dolor y un rictus dominaba su cara y la deformaba. El primer diagnóstico en el que pensó fue apendicitis, que corroboró con un examen físico y con un hemograma. Se dispuso a operarlo cuando vió lo inolvidable, la cara de sevicia con una extraña cicatriz en la frente que le cruzaba como un cauce y que le daba un aspecto de maldad. Y, no pudo evitarlo, se le acercó y le dijo, amigo se acuerda de mí…haga memoria… la vera del camino…su camión…el pedido para que me lleve…y su negativa tajante…Usted tenía la sartén por el mango… El paciente empezó a sudar frío. Míreme bien, se acuerda de mí ¿o no? Usted …¿nunca se puso a pensar en la casa del jabonero?... ¿nunca se puso a pensar en que el mango de la sartén cambiaría de dueño?... ¿no reparó en las vueltas que da la vida, no? …Mírame bien indio de mierda, ahora ¡¡ Yo soy el chofer ¡¡. Yo solo necesitaba que me lleves a la ciudad y ahora tú solo necesitas que yo te salve la vida. Que increíble ¿no?... Y a todo esto …¿qué crees que debo hacer?
Muchachos, si habíamos pensado hacernos millonarios en unos 10 años, les doy un notición, seremos millonarios en apenas 2 años, como lo oyen, 2 años. El Dr. Villarreal, director de la clínica donde trabajaba Javier, apretaba frenéticamente la copa de champagne y desorbitaba los ojos para empezar a explicar a su cuerpo médico el camino corto y cómodo hacia lo más parecido a la felicidad, ser millonarios. Les dijo, muchachos, el laboratorio Tufarm nos vende la azitromicina a 10 dólares cada tableta. Y Dios nos ha puesto en el camino a un empresario farmacéutico hindú que nos ofrece la misma azitromicina a 50 centavos de dólar y me ofrece ponerle un nombre exclusivo de nuestra clínica para que no se confunda con la azitromicina que consumen los piojosos en los centros médicos del estado. Y aquí viene la idea genial que me la ha sugerido nuestro asesor financiero, la azitromicina se la venderemos a los seguros a 10 dólares cada una. Y así desfilarán los otros medicamentos, los antibióticos, los medicamentos para la presión arterial alta, para la diabetes, para el colesterol alto, para el reumatismo, para la osteoporosis. Nos llenaremos de plata.
Muchachos, ¡¡ Salud para Todos ¡¡